lunes, 6 de agosto de 2012

Un cuento del Medioevo. Bisclaveret (I)


Ella tiene trece años cuando se casa. Desde los seis está prometida a aquel noble caballero, dueño de tierras, bosques, cultivos que gobierna con rectitud y justicia. El nombre de su esposo lo conoce entonces desde niña y corre grabado a fuego en su pensamiento como la mismísima sangre de sus venas.
La boda es espléndida. Bisclaveret, Garra de lobo, es un hombre entrado ya en la treintena.  Es conocida allende el mar su fidelidad inquebrantable al rey. Las celebraciones transcurren, como pretendíamos contar, durante tres días. A la tercera noche, los esposos suben a la alcoba principal, en la torre del homenaje, en dirección al tálamo nupcial.
Ella recuerda la ascensión por unas escalinatas de caracol interminables, entre muros estrechos con saeteras que apenas iluminan y hachones que arden y crepitan en las alturas. Bisclaveret sube delante de ella y de vez en cuando le tiende la mano para que no se retrase. Una mezcla de miedo e incertidumbre provoca que cada paso que dé pese aún más que el anterior.
Al fin llegan a la alcoba. Arde una chimenea, y una ancha ventana, con dos ojivas, permite contemplar los dominios que ahora le pertenecen. La noche es fresca pero agradable. El silencio de la torre solo es roto por los vítores de los invitados, bromas y chanzas subidas de tono que apenas se entienden desde aquellas alturas. Bisclaveret sonríe y se acerca. Es un hombre hirsuto, de barba y cabellera negras, ojos fieros y pobladas cejas. Lo conoce por los retratos que le han enseñado desde niña, mas su presencia la turba.
El hombre tiene ya su barbilla pegada a la coronilla de la pequeña dama. Su aliento despide olor a carne asada y vino. Y otro aroma irreconocible que ya nunca dejará de perseguirla. La desnuda con sumo cuidado. Ella se deja hacer, tal y como le han indicado. El acto es lento, pero le cuesta dejarse llevar y a veces se sorprende a sí misma intentando evitar las caricias del recién casado.
Por la mañana, Bisclaveret ha marchado cuando ella se despierta. Echa de menos a su ama, que tan cuidadosamente la ha educado en las tareas de una buena esposa, y a sus progenitores, sobre todo a padre, que siempre tuvo con ella palabras de afecto y regalos. Así que no puede evitar llorar. Poco después, su camarera, una joven noble, entra en la alcoba para lavarla y vestirla adecuadamente.
Los años van a pasar más deprisa de lo que hubiera podido esperar. Pero los hijos no vienen. Bisclaveret nunca se lo ha reprochado (los rumores sobre su nobleza de espíritu no eran, pues, exagerados), pero algo en su mirada, un nublar o una maraña, le dicen a la dama que al marido le va pesando la posibilidad de no tener descendencia. Ella, en fin, no es feliz. Se dice a sí misma que aprenderá a amar a su esposo con el tiempo, pero el tiempo pasa y no llega ese amor asegurado por las ancianas que de ella cuidaron.
Otra cosa le preocupa. Al principio, tal vez el primer año o incluso más, no le dio importancia porque era una niña ingenua y el asunto de la descendencia aún no revestía de gravedad, pero es un hecho cierto que ella misma ha comprobado in situ: tres días al mes, más o menos, Bisclaveret se levanta de la cama a media noche y marcha al bosque. Ella, desde la ventana, lo ve escaparse atravesando la barbacana, internándose entre los árboles frondosos bajo la luz de la luna llena.
Son muchos los meses que la esposa permite al marido hacer esto sin decir nada, pero los celos la van consumiendo, no unos celos de amante despechada, sino de esposa deshonrada, y eso no quiere consentirlo. ¿Qué hace los primeros meses de sufrir tal despecho? Bien, lo primero, llegar a la conclusión de que Bisclaveret no la ama. Lo segundo, fijarse en otro caballero de su corte, un muchacho rubicundo y pálido, de ojos azules, que no puede evitar mirarla en exceso.
A ella le gusta aquel juego de las miradas. Alguna vez prueba a dejar caer una prenda, y el joven caballero la recoge azorado para devolvérsela. Su camarera le reprocha la coquetería con el gesto de una ceja arqueada, pero una sonrisa cómplice la delata. Una noche que Bisclaveret ha escapado al bosque, la dama siente una asfixia en su pecho que no le deja dormir y llama a su camarera para confesarle sus temores. La camarera, mujer reflexiva, le aconseja que hable con su marido, que es hombre de ejemplaridad manifiesta, y que le confiese éste la verdad. Y después, que obre en consecuencia.
Así que la hermosa y joven damisela actúa tal y como le han indicado. Una noche, mientras Bisclaveret lee un libro de la biblia a la luz de la chimenea y ella le acompaña sentada a su vera, le confiesa que no puede soportar por más tiempo sus escapadas nocturnas y que quiere saber en qué son empleadas. El marido intenta eludir el interrogatorio, pero la demanda es justa, y las sospechas que el silencio podría no solo mantener sino incluso acrecentar le obligan a decir la verdad. Una verdad por otro lado inquietante y espantosa.
<<Mi querida esposa. Mi amada dama. Esto que aquí te he de contar no puede ser jamás revelado, ni siquiera en confesión. No deseo que creas hechos deshonestos o que pienses que busco otros vientres que me den descendencia. Has de saber que mi estirpe sufre una maldición secular que ha de pagar todas las noches de luna llena. Si salgo del castillo y vuelvo tres días después no es con intención de mancillar tu nombre ni hay mujer alguna tras estas huidas. Lo cierto es que la maldición del lobo me obliga y que, para evitar hacerte daño, he de adentrarme desnudo en lo más profundo de mi bosque y comer carne cruda durante tres días, y aullar a la luna, y correr a cuatro patas. Si algún día perdiese las ropas que dejo escondidas, permanecería para siempre desnudo, comiendo como comen las bestias y aullando entre lamentos. Y la maldición consumaría su vileza.>> 
¿Qué pudo pensar la dama ante aquella confesión? ¿Acaso la estimaba tan poco como para contarle ese cuento de viejas y atreverse a pensar que ella se lo creería a pies juntillas? No daba crédito a lo que estaba escuchando y no pudo evitar romper a reír presa de la histeria. Bien, cuando finalmente se repone, mientras el marido la contempla horrorizado, la esposa le dice:
<<Querido esposo mío. Cuando me desposasteis yo apenas sabía lo que era un hombre, y desde niña fui enseñada en el amor y el respeto por vuestra persona, a quien yo devoto fiel y constante como un perro. Igual que vos hacéis con nuestro rey. Más tarde, cuando os vi por vez primera, no sabía qué decir, ni qué hacer, pese a cuanto me aleccionaron fuera encaminado a ese momento. Ahora me contáis esto. Ya no soy una niña. Si yo ahora creyese una historia como esta, vos demostraríais por mí un trato tal que ni un perro merece, pues pensaríais de mí que no valgo para razonar, y, por ende, que no valgo para ser vuestra cónyuge ni la madre de vuestros futuros hijos. Si, por el contrario, yo pusiese en tela de juicio cuanto me habéis contado, ¿no estaría incumpliendo entonces con mi deber de fiel esposa al no daros crédito? Decidme entonces, mi amado marido, qué tengo que responderos sin que uno de los dos pierda todo el respeto que se le debe.>>
Bisclaveret lo comprende y le pide que aguarde hasta la siguiente fase de la luna, para demostrar con hechos irrefutables cuanto había esa noche confesado. Así, la primera noche de luna llena, el noble caballero despierta a su mujer agitado y sudoriento. Pareciera presa de la fiebre y ella no puede evitar sentir miedo. Bisclaveret la coge de la mano y la conduce escaleras abajo, más allá del campo de armas, tras la barbacana, por el puente levadizo hasta el bosque. Delante de ella se desnuda, esconde las ropas en el hueco de un viejo roble, y comienza a aullar a la luna hasta crecerle el pelo por doquier, entonces, los huesos de las piernas crujen y éstas se le quiebran, la espalda se arquea como la raspa de un pez, los labios y el mentón se alargan y ennegrecen entre gimoteos de dolor, y Bisclaveret se hace lobo ante la mirada horrorizada de su mujer.

Fin de la primera parte.