jueves, 6 de septiembre de 2012

Un cuento del Medioevo. Bisclaveret (II)

-Tengo miedo. -Decía ella.
-No temas nada, mi señora; pronto todo habrá acabado, y será el hijo más sano, y el súbdito más valiente de su majestad. -Le respondía él. Orgulloso, contemplaba su vientre henchido, a punto de reventar, y mesaba sus cabellos, asíale la mano, no la dejaba respirar.
La comadrona iba y venía, calentaba agua, miraba a Bisclaveret de soslayo. Un incierto recelo pudiérase percibir en aquel mirar.
-Está por salir. Y vos, mi señor, deberíais esperar fuera. -Refunfuñaba el doctor.
-Bien, os dejo en buenas manos, mi señora.
Los dolores eran ya insoportables. La dama empujaba con intención de aliviarlos, pero solo conseguía alcanzar el efecto más contrario. La partera le daba instrucciones, aunque ella, anegada de agonía, apenas la entendía.
-¡Empuja! -Le pedía.
Con tremendo esfuerzo, el recién nacido acabó por salir. Lloraba estentóreamente, lo cual, de acuerdo a la inteligencia de la comadrona, era señal inequívoca de virilidad y gallardía.
-Es un varón, mi señora. -Le decía, picarona, la vieja.
-No quiero verlo. -Espetó la madre.
-¿Cómo decís? -Respondieron al unísono médico y matrona.
-No quiero verlo. Lleváoslo, no lo quiero cerca de mí.
El galeno miró a su ayudante con aires de suficiencia; se veía que aquello ya no le pillaba por sorpresa. Tomó al bebé envuelto en paños, limpio ya de toda excrecencia, y dijo con voz grave, de autoridad:
<<Mirad, señora. Este niño está sano, no le pasa nada. Es vuestro hijo. Vástago de la muy noble y valerosa casa de Bisclaveret. Y vuestro deber como madre es acogerlo en vuestro seno para nutrirlo, cuidarlo, amarlo. Le debéis, de ahora en adelante, vuestra vida misma.>>
-De todas formas -prosiguió la buena comadrona-, no es tan raro lo que ahora sentís. A muchas madres, a quienes yo misma he asistido, les ocurre algo así. Tomad, sujetadlo vuestra merced, y ya nunca jamás querréis dejarlo. Os lo garantizo.
La dama terminó por aceptar lo inevitable. Las sinceras admoniciones de la anciana le hacían comprender cuán irracional parecía su comportamiento. Rechazar a aquella criatura inocente, fruto de su misma carne, no era propio de una cristiana; por ello, pese a cierta reluctancia indefinible, asintió levemente con la cabeza, abrió los brazos y tomó al niño.
Era un bebé de buen peso, rollizo, de pelo negro como el de su padre. La madre no sabía si sonreírle, pero antes de poder reaccionar, el recién nacido se contrajo entre sus manos, parecía que iba a vomitar, luego, comenzó a resquebrajarse, los huesos se movían y crepitaban entre las manos que lo sostenían. La dama preguntaba qué estaba pasando, el médico y la matrona se miraban aterrorizados y, en pocos segundos, habían huido por la puerta de la alcoba. Ya no había bebé alguno; en su lugar, un monstruo de cuatro patas, cubierto de pelo encrespado, de aliento nauseabundo, abría sus fauces a pocos centímetros de la cara de la mujer paralizada: un sinfín de dientes y colmillos amenazaban con lanzarse sobre ella y, en un horrísono ladrido, venciendo la débil resistencia de la madre, el lobezno encajó sus mandíbulas en la faz de la mujer indefensa, devorándole, con insólita destreza, la cara y dejando al descubierto la calavera.

Como tantas otra noches, se despertó llena de angustia. Miró a su esposo, Bisclaveret, dormido apaciblemente en el lado de su cama. La pesadilla se había ido repitiendo desde la aciaga noche en que supo del secreto. Un sudor frío recorría su pecho, su esternón, la nuca...
¿Cómo podía escapar de aquello? Cierto era, y así se lo aseguraba su dama de compañía, que aquello no eran más que fantasías mórbidas, y que los niños no se convierten en monstruos en las manos amorosas de sus madres. Pero le resultaba imposible no temer, no sentir aquel miedo feraz. Aquella azafata se había convertido en su confidente, lo sabía todo. Era pues, en aquellos momentos, su único punto de apoyo y su consuelo. Pero los consejos suministrados no le eran del todo satisfactorios; muy a su pesar, aquella avispada muchacha le rendía primera servidumbre a su esposo, el amo de aquellos lares, y en incontables ocasiones chocaban ambos intereses en los labios de la sirviente, conduciendo hábilmente a la señora en pos de los deseos del marido.
Sin embargo, no podía, no quería, tener descendencia con aquel hombre maldito. Se lo decían sus entrañas. Entonces, ¿cómo evitar aquel desenlace, si él era su cónyuge, y ella, la futura madre de sus hijos? ¡Inconcebible! La esposa rehuía al esposo, inventaba mil dolencias, usaba de lavativas y otros trucos de vieja; daba gracias a Dios por los meses que Bisclaveret estaba fuera, acompañando fielmente al rey bendito.
Pero, tarde o temprano, habría de quedarse preñada. Y la estirpe maldita formaría parte de su misma sangre. Estaría ella también maldita por haber engendrado el vástago de aquel linaje sin fortuna.
Debía ponerle remedio.
Así que, un día, a lo mejor aquella misma noche de las lúgubres ensoñaciones, decidió no contarle nada más a su amiga; aparentar que era feliz, que estaba más tranquila. Y hacer algo con respecto a su esposo, Bisclaveret, Garra de Lobo, el maldito.

El caballero que amaba en secreto a la dama formaba parte de la cohorte de su marido. Cazaban juntos, con otros hidalgos, y traían al castillo piezas de diversa enjundia tales como ciervos, jabalíes, faisanes, liebres, perdices... La caza era siempre copiosa, y se ofrecía galantemente a las damas cortesanas, en un gesto de significaciones ocultas.
El día en que la dama pidió para ella aquel faisán (el mismo que engalanara la partida del caballero postulante), la amiga, la confidente, a quien aquel caballero aguardase pacientemente, supo qué iba a ocurrir en aquella casa infamada.
La dama comenzó a verse a escondidas con aquel muchacho. Tenía unos rasgos faciales algo femeninos, apenas si era barbilampiño, de tez muy blanca, pero con mejillas sonrojadas, ojos claros y atentos, pestañas, cejas, cabellos rizados y rubios. Se amaron en cobertizos, bajo la lluvia, en su propia alcoba, siempre con sumo cuidado de no ser descubiertos.
A veces ella reflexionaba, se veía perdida, y pensaba que sería mejor que los encontrasen allí mismo, y así terminaría aquel desgraciado matrimonio, que no era sino un suplicio mortificante. Por otro lado, ¿y si quedaba en cinta de aquel caballero? ¿Podría enmascarar el engaño? Por suerte, ella era rubia, blanca como él, casi una hermana melliza del amante. ¿Cómo de extraño sería un hijo que se pareciese a su madre? ¡No había ésta de ser la vez primera en que tal cosa tuviese lugar!
Pero los encuentros infames no daban fruto alguno. ¡La fatalidad se cernía sobre ella! Bisclaveret volvía de sus viajes cada vez con mayor ansiedad. ¡Exigía tener descendencia! Una noche, le dio un ultimatum. Le dijo que había de reunirse con el rey nuevamente, pero que a su vuelta, no habría más excusas, ni más impedimentos. Había que concebir un hijo.
Desesperada, ella acentuó los días de la ausencia la pasión de su deshonra, buscando así acabar con su sequía. Mas nada se consiguió. Con audacia y palabrería ladina había logrado para su amante el puesto de custodio del castillo, así no tenía que ausentarse con el marido, ¡pero todos esfuerzos habían sido en vano! Pronto, el mal estaría hecho.
Bisclaveret, como siempre, volvió. La dama se escondió en su habitación, cerró las puertas. Bisclaveret estaba furioso, nunca antes lo había visto así. Derribó una de las hojas y penetró en la alcoba; luego, forzó a la joven dama. ¿Dónde estaba su custodio en aquel momento de atroz recuerdo? Seguramente escuchara los gritos del amo, los gimoteos de la amante, y no hiciera nada.
¿Y Bisclaveret? Bien, Bisclaveret no estaba orgulloso de lo que había hecho y le pidió sinceras disculpas a su mujer, asegurándole que nunca más la habría de tocar sin su consentimiento. No obstante, ella ya tenía decidido el camino a tomar. Le contó el desdichado suceso a su amante, sin ahorrarse ningún detalle, y le explicó todo lo relativo a su maldición.
El caballero no daba crédito a cuanto escuchaba, así que tuvo que ser la dama misma quien, más decidida que el amante, una noche de luna llena lo sacase del castillo, guiándole hasta el bosque. Allí fueron sendos testigos de la monstruosa transfiguración de Bisclaveret.
Cuando el lobo se perdió entre la maleza, la dama azuzó al chico, le exigió que buscase en aquel árbol hueco. Y el caballero corrió hacia el roble, recogió los ropajes de su señor y ambos, con premura y terror manifiestos, corrieron hacia el castillo, donde, en un arcón de la alcoba conyugal, guardaron la ropa.
-Quédate tú con la llave -le dijo la dama-, y así nadie de mi servidumbre podrá saber de esto.
Así se hizo. Durante varios días pensaron que aquello no era más que una celada de Bisclaveret, que se divertía con la incertidumbre y la agonía de quienes le habían traicionado, pero lo cierto es que el señor de aquellas tierras no regresaba, nadie sabía de su paradero. Todo el mundo lloraba la ausencia de un amo tan noble. El propio caballero, en su papel de custodio, organizó jornadas de búsqueda, esperanzado en toparse con el lobo y darle muerte. Ni el lobo, ni Bisclaveret, fueron hallados. El rey fue finalmente reclamado, y de no ser por una guerra en el oeste, años se hubieran gastado en encontrarlo. Sin embargo, esos años pasaron, y nunca nadie encontró pista alguna de Bisclaveret.

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