jueves, 21 de junio de 2012

Tránsito (tres)

Volvemos a lo transitorio. Aceptemos que esta existencia es solo tránsito. Y que el sistema económico, político y social ofrece una catenaria infinita de múltiples opciones, lo que no es sino decirnos: ¡Eh! Que no tienes tiempo de ser, solo de estar, ¿no lo comprendes? Tienes que ser tantas cosas, en tan poco tiempo, que solo puedes estar aquí y allá, trabajar de esto y de lo otro, estar joven y estar viejo, estar en casa y estar en este hotel, o invitado aquí, no hay lugar para el ser, porque ser significa perderse en uno mismo, en un solo lugar. En el locus. Y eso es estar loco (que no es ser, sino estar, nuevamente).
No hay escapatoria. Así de claro. ¿Quieres acaso morir? Es curioso, pero es el único modo de dejar de estar (de transitar) y llegar a ser. Todos vamos a morir, así que tiene sentido estar mientras tanto en este sitio y en este otro. Querer cambiar de rostro, de amante y de familia (entendiendo estos términos en su concepto más amplio y mutable). Tales subterfugios, escapismos baratos, son ofertados y suministrados por el capitalismo. Por tal razón triunfa como sistema.
Recordemos que ‘sistema’ significa “conjunto de elementos interdependientes y solidarios entre sí”; es decir, forma de existir en connivencia y sostenibilidad con los demás. Nos aceptamos unos a otros, obtenemos funciones que desempeñar a través de los otros, colegimos comportamientos a partir de lo que esos otros nos han enseñado. La naturaleza humana es mutante (bueno, la naturaleza es, desde cualquier punto de vista, mutante), así que hay sistemas más afines que otros a tal naturaleza.
¿Y si llamamos a este sistema vigente “neocapitalismo”? ¿Qué sucede entonces? El neocapitalismo representa el triunfo de un sistema. Se triunfa cuando se gana una batalla, una guerra, en este caso, contra otra clase de sistema.
Es duro decirlo, y sonará egoísta, pero la Europa Occidental comenzó su caída en espiral en el mismo momento de la caída del muro de Berlín. He aquí un símbolo de otro sistema. Un sistema comunista que había sido degradado a burocrático e inflexible, lo que, convendremos en denunciar, no podía compatibilizarse con otro sistema económico de crecimiento tan agresivo como el capitalista. Bien, el comunismo es derrotado, y surge el neocapitalismo. Un concepto sin su contrario, lo cual es enfermizo, un modo de funcionar sin freno, lo que solo conduce a la hipertrofia del sistema, su tumorización y, finalmente, su abismo.
Bueno, cuando el muro cae –decíamos–, triunfa este neocapitalismo sin apoptosis, y entonces nos encontramos aquí. ¿Estábamos mejor cuando existía el comunismo? Bueno, siempre que no estuviéramos bajo su imperio, sí. Para que unos (nosotros) pudieran (pudiéramos) vivir bajo el palio protector del Estado y de su “estadio” del bienestar, otros (ellos) tenían que contentarse con una empalizada gris de hormigón. Por eso tildé este pensamiento de egoísta, ya que exige el mal para que haya bien. Lo cual, todo hay que decirlo, no es precisamente muy ético. ¿No lo dijo San Agustín? El mal es la ausencia del bien. Pero yo no pienso en términos de bien y de mal absolutos. Pienso que toda fuerza necesita de su opuesto. Desde un punto de vista hegeliano, no queda otra alternativa que pasar página (seguir transitando, al fin y al cabo) y ver qué tenemos a continuación.
La naturaleza humana tiene una característica que tal vez la haga específica y consustancialmente diferente al resto de las naturalezas animales: su intervención sobre el medio ambiente es ya incontrovertible, ergo, ha de ser controlada, puesto que no hay vuelta atrás. Pues bien, de todos los sistemas posibles de ordenamiento y gobernación de la sociedad humana, este, el neocapitalismo, es el único que garantiza el libre albedrío en el uso de dicha naturaleza, lo que conlleva la perdición de esta especie, pues, sin control, el daño ejercido sobre el planeta terminará siendo fatal.
Únicamente el ser humano, en sociedad, puede evitar esta catástrofe. Y no lo hará de forma planificada. El propio sistema facilitará la revolución porque su definición es incontrolada y su tecnología nos brinda ya una herramienta idónea para establecer comportamientos nodales, estimular reacciones colectivas a niveles casi neuronales y empezar a vincular deseos con realidades. Es el avance de esta tecnología lo que puede abrirnos las puertas. Da miedo pensar solo en una cosa. ¿Qué pasará si esta tecnología se emplea para la vigilancia y sometimiento del ciudadano?. Entonces es posible que pasemos página no ya a una recapacitación y una reformulación del ecosistema, sino hacia una tiranía invisible que impida cualquier acto de autonomía y de independencia. Ambas opciones están a la vuelta de la esquina (de hecho, están ya sucediendo), y todo es posible, porque, estando en continuo tránsito, los caminos brotan bajo nuestros zapatos (hechos en Camboya) a cada paso que damos. 
      

jueves, 14 de junio de 2012

Tránsito (dos)


Transitar no es situarse, no significa viajar a ninguna parte, es solo pasar por un lugar, una década, una memoria desleída que en el momento efímero fue un pulso, lo justo y necesario para sentirse uno vivo. Así que regreso (yo regreso –como otros cuantos españoles afortunados– al trabajo tras unas volátiles vacaciones), regresamos todos de este tránsito, a otro lugar, se presupone el nuestro, lo que nos corresponde por acción y erosión de una convivencia y de una convención.

Muchos son los que no comprenden algo tan simple: se viaja con la esperanza de olvidar una existencia incómoda en su mullido trono, con la ilusoria percepción de que ahí está el verdadero vivir, en estos pequeños detalles, estos retazos ausentes de casa, de familia y de trabajo. No queremos aceptar el concepto de plazo sin aplazamiento, o mismamente lo aceptamos sin reparos porque estamos de acuerdo (hemos convenido) no pensar en su caducidad, en el hecho inapelable de que volveremos a nuestro puesto como obedientes soldados y todo este tránsito será solo un sueño.

De lo que muchos sí que nos percatamos es que, detrás de esta apariencia (más allá del espéculo), esta vida a la que regresamos, este locus que nos ha sido asignado o que nosotros hemos conseguido, obtenido o alcanzado, pese a su locación, es un tránsito más. Firmamos los contratos alegremente, con la idea subyacente de que no durará para siempre; es un logro social, muy propio de nuestro tiempo, el concepto de transitoriedad, la sensación ininteligible de que nada es para siempre.

Sinceramente, creo que es un arma muy poderosa esta transitoriedad de las cosas que nos convierten en lo que somos (o, más bien, en “lo que estamos”). Porque así nunca logramos ser. Estamos continuamente en proceso de cambio, sin lugar propio. Detestamos los hogares perpetuos, las casas familiares (el domus, el dominio patriarcal, todo lo que nos suene a padre y a compromiso), por el simple motivo de que no nos gusta ser como somos. Ha sido, indudablemente, un proceso minucioso y no exento de naturalidad: el sistema capitalista se sufraga mediante este modelo, pero no es el sistema el artífice de tanta dislocación, sino la esencia del ser humano, su naturaleza pródiga, una configuración fundamentada en el nomadismo, de ahí la insatisfacción inmediata ante cualquier signatura. No se puede estar contento con la promesa de la eternidad porque eso significa borrar el carácter transitorio de las cosas, de los seres y del mundo.

El capitalismo responde a un modelo caótico que licencia y persiste en la caducidad de los productos. El producto nos define, y el ciudadano no queda nunca satisfecho, no es saciado, jamás. Se llama retroalimentación (“autofagia” sería, tal vez, más específico). El ser no es por lo que es, prácticamente ni es por lo que hace, sino por lo que tiene. El ser social (porque si no, no se es ser) tiene una guarida, una apariencia (peinado, vestimenta, aficiones), una familia. Nada es perenne, todo es transitorio, por ende, superfluo. El problema que uno ve en todo esto, si entendemos el término ‘problema’ como una cuestión a resolver de índole similar a la ecuación matemática, es el siguiente: ¿quiénes somos?, o, más bien, ¿queremos ser o queremos estar?