jueves, 6 de septiembre de 2012

Un cuento del Medioevo. Bisclaveret (II)

-Tengo miedo. -Decía ella.
-No temas nada, mi señora; pronto todo habrá acabado, y será el hijo más sano, y el súbdito más valiente de su majestad. -Le respondía él. Orgulloso, contemplaba su vientre henchido, a punto de reventar, y mesaba sus cabellos, asíale la mano, no la dejaba respirar.
La comadrona iba y venía, calentaba agua, miraba a Bisclaveret de soslayo. Un incierto recelo pudiérase percibir en aquel mirar.
-Está por salir. Y vos, mi señor, deberíais esperar fuera. -Refunfuñaba el doctor.
-Bien, os dejo en buenas manos, mi señora.
Los dolores eran ya insoportables. La dama empujaba con intención de aliviarlos, pero solo conseguía alcanzar el efecto más contrario. La partera le daba instrucciones, aunque ella, anegada de agonía, apenas la entendía.
-¡Empuja! -Le pedía.
Con tremendo esfuerzo, el recién nacido acabó por salir. Lloraba estentóreamente, lo cual, de acuerdo a la inteligencia de la comadrona, era señal inequívoca de virilidad y gallardía.
-Es un varón, mi señora. -Le decía, picarona, la vieja.
-No quiero verlo. -Espetó la madre.
-¿Cómo decís? -Respondieron al unísono médico y matrona.
-No quiero verlo. Lleváoslo, no lo quiero cerca de mí.
El galeno miró a su ayudante con aires de suficiencia; se veía que aquello ya no le pillaba por sorpresa. Tomó al bebé envuelto en paños, limpio ya de toda excrecencia, y dijo con voz grave, de autoridad:
<<Mirad, señora. Este niño está sano, no le pasa nada. Es vuestro hijo. Vástago de la muy noble y valerosa casa de Bisclaveret. Y vuestro deber como madre es acogerlo en vuestro seno para nutrirlo, cuidarlo, amarlo. Le debéis, de ahora en adelante, vuestra vida misma.>>
-De todas formas -prosiguió la buena comadrona-, no es tan raro lo que ahora sentís. A muchas madres, a quienes yo misma he asistido, les ocurre algo así. Tomad, sujetadlo vuestra merced, y ya nunca jamás querréis dejarlo. Os lo garantizo.
La dama terminó por aceptar lo inevitable. Las sinceras admoniciones de la anciana le hacían comprender cuán irracional parecía su comportamiento. Rechazar a aquella criatura inocente, fruto de su misma carne, no era propio de una cristiana; por ello, pese a cierta reluctancia indefinible, asintió levemente con la cabeza, abrió los brazos y tomó al niño.
Era un bebé de buen peso, rollizo, de pelo negro como el de su padre. La madre no sabía si sonreírle, pero antes de poder reaccionar, el recién nacido se contrajo entre sus manos, parecía que iba a vomitar, luego, comenzó a resquebrajarse, los huesos se movían y crepitaban entre las manos que lo sostenían. La dama preguntaba qué estaba pasando, el médico y la matrona se miraban aterrorizados y, en pocos segundos, habían huido por la puerta de la alcoba. Ya no había bebé alguno; en su lugar, un monstruo de cuatro patas, cubierto de pelo encrespado, de aliento nauseabundo, abría sus fauces a pocos centímetros de la cara de la mujer paralizada: un sinfín de dientes y colmillos amenazaban con lanzarse sobre ella y, en un horrísono ladrido, venciendo la débil resistencia de la madre, el lobezno encajó sus mandíbulas en la faz de la mujer indefensa, devorándole, con insólita destreza, la cara y dejando al descubierto la calavera.

Como tantas otra noches, se despertó llena de angustia. Miró a su esposo, Bisclaveret, dormido apaciblemente en el lado de su cama. La pesadilla se había ido repitiendo desde la aciaga noche en que supo del secreto. Un sudor frío recorría su pecho, su esternón, la nuca...
¿Cómo podía escapar de aquello? Cierto era, y así se lo aseguraba su dama de compañía, que aquello no eran más que fantasías mórbidas, y que los niños no se convierten en monstruos en las manos amorosas de sus madres. Pero le resultaba imposible no temer, no sentir aquel miedo feraz. Aquella azafata se había convertido en su confidente, lo sabía todo. Era pues, en aquellos momentos, su único punto de apoyo y su consuelo. Pero los consejos suministrados no le eran del todo satisfactorios; muy a su pesar, aquella avispada muchacha le rendía primera servidumbre a su esposo, el amo de aquellos lares, y en incontables ocasiones chocaban ambos intereses en los labios de la sirviente, conduciendo hábilmente a la señora en pos de los deseos del marido.
Sin embargo, no podía, no quería, tener descendencia con aquel hombre maldito. Se lo decían sus entrañas. Entonces, ¿cómo evitar aquel desenlace, si él era su cónyuge, y ella, la futura madre de sus hijos? ¡Inconcebible! La esposa rehuía al esposo, inventaba mil dolencias, usaba de lavativas y otros trucos de vieja; daba gracias a Dios por los meses que Bisclaveret estaba fuera, acompañando fielmente al rey bendito.
Pero, tarde o temprano, habría de quedarse preñada. Y la estirpe maldita formaría parte de su misma sangre. Estaría ella también maldita por haber engendrado el vástago de aquel linaje sin fortuna.
Debía ponerle remedio.
Así que, un día, a lo mejor aquella misma noche de las lúgubres ensoñaciones, decidió no contarle nada más a su amiga; aparentar que era feliz, que estaba más tranquila. Y hacer algo con respecto a su esposo, Bisclaveret, Garra de Lobo, el maldito.

El caballero que amaba en secreto a la dama formaba parte de la cohorte de su marido. Cazaban juntos, con otros hidalgos, y traían al castillo piezas de diversa enjundia tales como ciervos, jabalíes, faisanes, liebres, perdices... La caza era siempre copiosa, y se ofrecía galantemente a las damas cortesanas, en un gesto de significaciones ocultas.
El día en que la dama pidió para ella aquel faisán (el mismo que engalanara la partida del caballero postulante), la amiga, la confidente, a quien aquel caballero aguardase pacientemente, supo qué iba a ocurrir en aquella casa infamada.
La dama comenzó a verse a escondidas con aquel muchacho. Tenía unos rasgos faciales algo femeninos, apenas si era barbilampiño, de tez muy blanca, pero con mejillas sonrojadas, ojos claros y atentos, pestañas, cejas, cabellos rizados y rubios. Se amaron en cobertizos, bajo la lluvia, en su propia alcoba, siempre con sumo cuidado de no ser descubiertos.
A veces ella reflexionaba, se veía perdida, y pensaba que sería mejor que los encontrasen allí mismo, y así terminaría aquel desgraciado matrimonio, que no era sino un suplicio mortificante. Por otro lado, ¿y si quedaba en cinta de aquel caballero? ¿Podría enmascarar el engaño? Por suerte, ella era rubia, blanca como él, casi una hermana melliza del amante. ¿Cómo de extraño sería un hijo que se pareciese a su madre? ¡No había ésta de ser la vez primera en que tal cosa tuviese lugar!
Pero los encuentros infames no daban fruto alguno. ¡La fatalidad se cernía sobre ella! Bisclaveret volvía de sus viajes cada vez con mayor ansiedad. ¡Exigía tener descendencia! Una noche, le dio un ultimatum. Le dijo que había de reunirse con el rey nuevamente, pero que a su vuelta, no habría más excusas, ni más impedimentos. Había que concebir un hijo.
Desesperada, ella acentuó los días de la ausencia la pasión de su deshonra, buscando así acabar con su sequía. Mas nada se consiguió. Con audacia y palabrería ladina había logrado para su amante el puesto de custodio del castillo, así no tenía que ausentarse con el marido, ¡pero todos esfuerzos habían sido en vano! Pronto, el mal estaría hecho.
Bisclaveret, como siempre, volvió. La dama se escondió en su habitación, cerró las puertas. Bisclaveret estaba furioso, nunca antes lo había visto así. Derribó una de las hojas y penetró en la alcoba; luego, forzó a la joven dama. ¿Dónde estaba su custodio en aquel momento de atroz recuerdo? Seguramente escuchara los gritos del amo, los gimoteos de la amante, y no hiciera nada.
¿Y Bisclaveret? Bien, Bisclaveret no estaba orgulloso de lo que había hecho y le pidió sinceras disculpas a su mujer, asegurándole que nunca más la habría de tocar sin su consentimiento. No obstante, ella ya tenía decidido el camino a tomar. Le contó el desdichado suceso a su amante, sin ahorrarse ningún detalle, y le explicó todo lo relativo a su maldición.
El caballero no daba crédito a cuanto escuchaba, así que tuvo que ser la dama misma quien, más decidida que el amante, una noche de luna llena lo sacase del castillo, guiándole hasta el bosque. Allí fueron sendos testigos de la monstruosa transfiguración de Bisclaveret.
Cuando el lobo se perdió entre la maleza, la dama azuzó al chico, le exigió que buscase en aquel árbol hueco. Y el caballero corrió hacia el roble, recogió los ropajes de su señor y ambos, con premura y terror manifiestos, corrieron hacia el castillo, donde, en un arcón de la alcoba conyugal, guardaron la ropa.
-Quédate tú con la llave -le dijo la dama-, y así nadie de mi servidumbre podrá saber de esto.
Así se hizo. Durante varios días pensaron que aquello no era más que una celada de Bisclaveret, que se divertía con la incertidumbre y la agonía de quienes le habían traicionado, pero lo cierto es que el señor de aquellas tierras no regresaba, nadie sabía de su paradero. Todo el mundo lloraba la ausencia de un amo tan noble. El propio caballero, en su papel de custodio, organizó jornadas de búsqueda, esperanzado en toparse con el lobo y darle muerte. Ni el lobo, ni Bisclaveret, fueron hallados. El rey fue finalmente reclamado, y de no ser por una guerra en el oeste, años se hubieran gastado en encontrarlo. Sin embargo, esos años pasaron, y nunca nadie encontró pista alguna de Bisclaveret.

lunes, 6 de agosto de 2012

Un cuento del Medioevo. Bisclaveret (I)


Ella tiene trece años cuando se casa. Desde los seis está prometida a aquel noble caballero, dueño de tierras, bosques, cultivos que gobierna con rectitud y justicia. El nombre de su esposo lo conoce entonces desde niña y corre grabado a fuego en su pensamiento como la mismísima sangre de sus venas.
La boda es espléndida. Bisclaveret, Garra de lobo, es un hombre entrado ya en la treintena.  Es conocida allende el mar su fidelidad inquebrantable al rey. Las celebraciones transcurren, como pretendíamos contar, durante tres días. A la tercera noche, los esposos suben a la alcoba principal, en la torre del homenaje, en dirección al tálamo nupcial.
Ella recuerda la ascensión por unas escalinatas de caracol interminables, entre muros estrechos con saeteras que apenas iluminan y hachones que arden y crepitan en las alturas. Bisclaveret sube delante de ella y de vez en cuando le tiende la mano para que no se retrase. Una mezcla de miedo e incertidumbre provoca que cada paso que dé pese aún más que el anterior.
Al fin llegan a la alcoba. Arde una chimenea, y una ancha ventana, con dos ojivas, permite contemplar los dominios que ahora le pertenecen. La noche es fresca pero agradable. El silencio de la torre solo es roto por los vítores de los invitados, bromas y chanzas subidas de tono que apenas se entienden desde aquellas alturas. Bisclaveret sonríe y se acerca. Es un hombre hirsuto, de barba y cabellera negras, ojos fieros y pobladas cejas. Lo conoce por los retratos que le han enseñado desde niña, mas su presencia la turba.
El hombre tiene ya su barbilla pegada a la coronilla de la pequeña dama. Su aliento despide olor a carne asada y vino. Y otro aroma irreconocible que ya nunca dejará de perseguirla. La desnuda con sumo cuidado. Ella se deja hacer, tal y como le han indicado. El acto es lento, pero le cuesta dejarse llevar y a veces se sorprende a sí misma intentando evitar las caricias del recién casado.
Por la mañana, Bisclaveret ha marchado cuando ella se despierta. Echa de menos a su ama, que tan cuidadosamente la ha educado en las tareas de una buena esposa, y a sus progenitores, sobre todo a padre, que siempre tuvo con ella palabras de afecto y regalos. Así que no puede evitar llorar. Poco después, su camarera, una joven noble, entra en la alcoba para lavarla y vestirla adecuadamente.
Los años van a pasar más deprisa de lo que hubiera podido esperar. Pero los hijos no vienen. Bisclaveret nunca se lo ha reprochado (los rumores sobre su nobleza de espíritu no eran, pues, exagerados), pero algo en su mirada, un nublar o una maraña, le dicen a la dama que al marido le va pesando la posibilidad de no tener descendencia. Ella, en fin, no es feliz. Se dice a sí misma que aprenderá a amar a su esposo con el tiempo, pero el tiempo pasa y no llega ese amor asegurado por las ancianas que de ella cuidaron.
Otra cosa le preocupa. Al principio, tal vez el primer año o incluso más, no le dio importancia porque era una niña ingenua y el asunto de la descendencia aún no revestía de gravedad, pero es un hecho cierto que ella misma ha comprobado in situ: tres días al mes, más o menos, Bisclaveret se levanta de la cama a media noche y marcha al bosque. Ella, desde la ventana, lo ve escaparse atravesando la barbacana, internándose entre los árboles frondosos bajo la luz de la luna llena.
Son muchos los meses que la esposa permite al marido hacer esto sin decir nada, pero los celos la van consumiendo, no unos celos de amante despechada, sino de esposa deshonrada, y eso no quiere consentirlo. ¿Qué hace los primeros meses de sufrir tal despecho? Bien, lo primero, llegar a la conclusión de que Bisclaveret no la ama. Lo segundo, fijarse en otro caballero de su corte, un muchacho rubicundo y pálido, de ojos azules, que no puede evitar mirarla en exceso.
A ella le gusta aquel juego de las miradas. Alguna vez prueba a dejar caer una prenda, y el joven caballero la recoge azorado para devolvérsela. Su camarera le reprocha la coquetería con el gesto de una ceja arqueada, pero una sonrisa cómplice la delata. Una noche que Bisclaveret ha escapado al bosque, la dama siente una asfixia en su pecho que no le deja dormir y llama a su camarera para confesarle sus temores. La camarera, mujer reflexiva, le aconseja que hable con su marido, que es hombre de ejemplaridad manifiesta, y que le confiese éste la verdad. Y después, que obre en consecuencia.
Así que la hermosa y joven damisela actúa tal y como le han indicado. Una noche, mientras Bisclaveret lee un libro de la biblia a la luz de la chimenea y ella le acompaña sentada a su vera, le confiesa que no puede soportar por más tiempo sus escapadas nocturnas y que quiere saber en qué son empleadas. El marido intenta eludir el interrogatorio, pero la demanda es justa, y las sospechas que el silencio podría no solo mantener sino incluso acrecentar le obligan a decir la verdad. Una verdad por otro lado inquietante y espantosa.
<<Mi querida esposa. Mi amada dama. Esto que aquí te he de contar no puede ser jamás revelado, ni siquiera en confesión. No deseo que creas hechos deshonestos o que pienses que busco otros vientres que me den descendencia. Has de saber que mi estirpe sufre una maldición secular que ha de pagar todas las noches de luna llena. Si salgo del castillo y vuelvo tres días después no es con intención de mancillar tu nombre ni hay mujer alguna tras estas huidas. Lo cierto es que la maldición del lobo me obliga y que, para evitar hacerte daño, he de adentrarme desnudo en lo más profundo de mi bosque y comer carne cruda durante tres días, y aullar a la luna, y correr a cuatro patas. Si algún día perdiese las ropas que dejo escondidas, permanecería para siempre desnudo, comiendo como comen las bestias y aullando entre lamentos. Y la maldición consumaría su vileza.>> 
¿Qué pudo pensar la dama ante aquella confesión? ¿Acaso la estimaba tan poco como para contarle ese cuento de viejas y atreverse a pensar que ella se lo creería a pies juntillas? No daba crédito a lo que estaba escuchando y no pudo evitar romper a reír presa de la histeria. Bien, cuando finalmente se repone, mientras el marido la contempla horrorizado, la esposa le dice:
<<Querido esposo mío. Cuando me desposasteis yo apenas sabía lo que era un hombre, y desde niña fui enseñada en el amor y el respeto por vuestra persona, a quien yo devoto fiel y constante como un perro. Igual que vos hacéis con nuestro rey. Más tarde, cuando os vi por vez primera, no sabía qué decir, ni qué hacer, pese a cuanto me aleccionaron fuera encaminado a ese momento. Ahora me contáis esto. Ya no soy una niña. Si yo ahora creyese una historia como esta, vos demostraríais por mí un trato tal que ni un perro merece, pues pensaríais de mí que no valgo para razonar, y, por ende, que no valgo para ser vuestra cónyuge ni la madre de vuestros futuros hijos. Si, por el contrario, yo pusiese en tela de juicio cuanto me habéis contado, ¿no estaría incumpliendo entonces con mi deber de fiel esposa al no daros crédito? Decidme entonces, mi amado marido, qué tengo que responderos sin que uno de los dos pierda todo el respeto que se le debe.>>
Bisclaveret lo comprende y le pide que aguarde hasta la siguiente fase de la luna, para demostrar con hechos irrefutables cuanto había esa noche confesado. Así, la primera noche de luna llena, el noble caballero despierta a su mujer agitado y sudoriento. Pareciera presa de la fiebre y ella no puede evitar sentir miedo. Bisclaveret la coge de la mano y la conduce escaleras abajo, más allá del campo de armas, tras la barbacana, por el puente levadizo hasta el bosque. Delante de ella se desnuda, esconde las ropas en el hueco de un viejo roble, y comienza a aullar a la luna hasta crecerle el pelo por doquier, entonces, los huesos de las piernas crujen y éstas se le quiebran, la espalda se arquea como la raspa de un pez, los labios y el mentón se alargan y ennegrecen entre gimoteos de dolor, y Bisclaveret se hace lobo ante la mirada horrorizada de su mujer.

Fin de la primera parte.

jueves, 21 de junio de 2012

Tránsito (tres)

Volvemos a lo transitorio. Aceptemos que esta existencia es solo tránsito. Y que el sistema económico, político y social ofrece una catenaria infinita de múltiples opciones, lo que no es sino decirnos: ¡Eh! Que no tienes tiempo de ser, solo de estar, ¿no lo comprendes? Tienes que ser tantas cosas, en tan poco tiempo, que solo puedes estar aquí y allá, trabajar de esto y de lo otro, estar joven y estar viejo, estar en casa y estar en este hotel, o invitado aquí, no hay lugar para el ser, porque ser significa perderse en uno mismo, en un solo lugar. En el locus. Y eso es estar loco (que no es ser, sino estar, nuevamente).
No hay escapatoria. Así de claro. ¿Quieres acaso morir? Es curioso, pero es el único modo de dejar de estar (de transitar) y llegar a ser. Todos vamos a morir, así que tiene sentido estar mientras tanto en este sitio y en este otro. Querer cambiar de rostro, de amante y de familia (entendiendo estos términos en su concepto más amplio y mutable). Tales subterfugios, escapismos baratos, son ofertados y suministrados por el capitalismo. Por tal razón triunfa como sistema.
Recordemos que ‘sistema’ significa “conjunto de elementos interdependientes y solidarios entre sí”; es decir, forma de existir en connivencia y sostenibilidad con los demás. Nos aceptamos unos a otros, obtenemos funciones que desempeñar a través de los otros, colegimos comportamientos a partir de lo que esos otros nos han enseñado. La naturaleza humana es mutante (bueno, la naturaleza es, desde cualquier punto de vista, mutante), así que hay sistemas más afines que otros a tal naturaleza.
¿Y si llamamos a este sistema vigente “neocapitalismo”? ¿Qué sucede entonces? El neocapitalismo representa el triunfo de un sistema. Se triunfa cuando se gana una batalla, una guerra, en este caso, contra otra clase de sistema.
Es duro decirlo, y sonará egoísta, pero la Europa Occidental comenzó su caída en espiral en el mismo momento de la caída del muro de Berlín. He aquí un símbolo de otro sistema. Un sistema comunista que había sido degradado a burocrático e inflexible, lo que, convendremos en denunciar, no podía compatibilizarse con otro sistema económico de crecimiento tan agresivo como el capitalista. Bien, el comunismo es derrotado, y surge el neocapitalismo. Un concepto sin su contrario, lo cual es enfermizo, un modo de funcionar sin freno, lo que solo conduce a la hipertrofia del sistema, su tumorización y, finalmente, su abismo.
Bueno, cuando el muro cae –decíamos–, triunfa este neocapitalismo sin apoptosis, y entonces nos encontramos aquí. ¿Estábamos mejor cuando existía el comunismo? Bueno, siempre que no estuviéramos bajo su imperio, sí. Para que unos (nosotros) pudieran (pudiéramos) vivir bajo el palio protector del Estado y de su “estadio” del bienestar, otros (ellos) tenían que contentarse con una empalizada gris de hormigón. Por eso tildé este pensamiento de egoísta, ya que exige el mal para que haya bien. Lo cual, todo hay que decirlo, no es precisamente muy ético. ¿No lo dijo San Agustín? El mal es la ausencia del bien. Pero yo no pienso en términos de bien y de mal absolutos. Pienso que toda fuerza necesita de su opuesto. Desde un punto de vista hegeliano, no queda otra alternativa que pasar página (seguir transitando, al fin y al cabo) y ver qué tenemos a continuación.
La naturaleza humana tiene una característica que tal vez la haga específica y consustancialmente diferente al resto de las naturalezas animales: su intervención sobre el medio ambiente es ya incontrovertible, ergo, ha de ser controlada, puesto que no hay vuelta atrás. Pues bien, de todos los sistemas posibles de ordenamiento y gobernación de la sociedad humana, este, el neocapitalismo, es el único que garantiza el libre albedrío en el uso de dicha naturaleza, lo que conlleva la perdición de esta especie, pues, sin control, el daño ejercido sobre el planeta terminará siendo fatal.
Únicamente el ser humano, en sociedad, puede evitar esta catástrofe. Y no lo hará de forma planificada. El propio sistema facilitará la revolución porque su definición es incontrolada y su tecnología nos brinda ya una herramienta idónea para establecer comportamientos nodales, estimular reacciones colectivas a niveles casi neuronales y empezar a vincular deseos con realidades. Es el avance de esta tecnología lo que puede abrirnos las puertas. Da miedo pensar solo en una cosa. ¿Qué pasará si esta tecnología se emplea para la vigilancia y sometimiento del ciudadano?. Entonces es posible que pasemos página no ya a una recapacitación y una reformulación del ecosistema, sino hacia una tiranía invisible que impida cualquier acto de autonomía y de independencia. Ambas opciones están a la vuelta de la esquina (de hecho, están ya sucediendo), y todo es posible, porque, estando en continuo tránsito, los caminos brotan bajo nuestros zapatos (hechos en Camboya) a cada paso que damos. 
      

jueves, 14 de junio de 2012

Tránsito (dos)


Transitar no es situarse, no significa viajar a ninguna parte, es solo pasar por un lugar, una década, una memoria desleída que en el momento efímero fue un pulso, lo justo y necesario para sentirse uno vivo. Así que regreso (yo regreso –como otros cuantos españoles afortunados– al trabajo tras unas volátiles vacaciones), regresamos todos de este tránsito, a otro lugar, se presupone el nuestro, lo que nos corresponde por acción y erosión de una convivencia y de una convención.

Muchos son los que no comprenden algo tan simple: se viaja con la esperanza de olvidar una existencia incómoda en su mullido trono, con la ilusoria percepción de que ahí está el verdadero vivir, en estos pequeños detalles, estos retazos ausentes de casa, de familia y de trabajo. No queremos aceptar el concepto de plazo sin aplazamiento, o mismamente lo aceptamos sin reparos porque estamos de acuerdo (hemos convenido) no pensar en su caducidad, en el hecho inapelable de que volveremos a nuestro puesto como obedientes soldados y todo este tránsito será solo un sueño.

De lo que muchos sí que nos percatamos es que, detrás de esta apariencia (más allá del espéculo), esta vida a la que regresamos, este locus que nos ha sido asignado o que nosotros hemos conseguido, obtenido o alcanzado, pese a su locación, es un tránsito más. Firmamos los contratos alegremente, con la idea subyacente de que no durará para siempre; es un logro social, muy propio de nuestro tiempo, el concepto de transitoriedad, la sensación ininteligible de que nada es para siempre.

Sinceramente, creo que es un arma muy poderosa esta transitoriedad de las cosas que nos convierten en lo que somos (o, más bien, en “lo que estamos”). Porque así nunca logramos ser. Estamos continuamente en proceso de cambio, sin lugar propio. Detestamos los hogares perpetuos, las casas familiares (el domus, el dominio patriarcal, todo lo que nos suene a padre y a compromiso), por el simple motivo de que no nos gusta ser como somos. Ha sido, indudablemente, un proceso minucioso y no exento de naturalidad: el sistema capitalista se sufraga mediante este modelo, pero no es el sistema el artífice de tanta dislocación, sino la esencia del ser humano, su naturaleza pródiga, una configuración fundamentada en el nomadismo, de ahí la insatisfacción inmediata ante cualquier signatura. No se puede estar contento con la promesa de la eternidad porque eso significa borrar el carácter transitorio de las cosas, de los seres y del mundo.

El capitalismo responde a un modelo caótico que licencia y persiste en la caducidad de los productos. El producto nos define, y el ciudadano no queda nunca satisfecho, no es saciado, jamás. Se llama retroalimentación (“autofagia” sería, tal vez, más específico). El ser no es por lo que es, prácticamente ni es por lo que hace, sino por lo que tiene. El ser social (porque si no, no se es ser) tiene una guarida, una apariencia (peinado, vestimenta, aficiones), una familia. Nada es perenne, todo es transitorio, por ende, superfluo. El problema que uno ve en todo esto, si entendemos el término ‘problema’ como una cuestión a resolver de índole similar a la ecuación matemática, es el siguiente: ¿quiénes somos?, o, más bien, ¿queremos ser o queremos estar?


miércoles, 11 de abril de 2012

Tránsito


Tránsito. Transido. Quiere decir trasunto, fuego empedernido en su sitio, trei, raíz indo-europea que alega al tres, por ser tres el cruce doloroso, la crux del treipak, el tripalium romano en donde se tortura a los reos, tres postes urdidos para aferrarnos a la vida dolorosa, no en vano de este vocablo proviene el denostado término “trabajo”.


Pues estoy a estas horas en pleno tránsito, en vuelo a Canarias, transido de malas intenciones, con un libro de cabecera que pienso releer en cuanto se acabe: La hoguera del capital, de Vicente Verdú. ¿Que por qué no leo lo suficiente? ¿Por qué no me acabo las novelas? Será porque cada década tiene su código o su trámite con la realidad. A los veinte me empapaba de poesía, a los treinta (circa) de novela, llegando a los cuarenta, parece que me está dando por el género ensayístico. Lo veo lógico; vivimos tiempos confusos, y uno busca denominaciones, sintagmas que colijan sus semas, darle, en fin, un poco de sentido a este sin Dios y a este sin Marx que nos asola y nos ciega.


Transido entonces planeo por España. Su vientre estragado y su tierra quemada. Como no podía ser de otra forma, el embarque y la salida se han retrasado tres horas y media, tiempo más que suficiente para darme una vuelta por el parque temático del duty free y para hacer parada cardiorespiratoria en Relay, revistas de interior y Los juegos del hambre, premios Planeta, Alfaguara y lo que haga falta, Cinemanía y Fotogramas versión de bolsillo ridícula. Pero me he encariñado de este Vicente Verdú, de sus referencias al amor reciclado en un mundo trashumano, una hoguera hipertrofiada de un capitalismo sin rival, que es lo mismo que decir de un capitalismo derrotado por ser fiel a sí mismo.


Las cosas que dice Verdú en este ensayo son las cosas que yo digo; pero bien dichas. Te ofrece una panoplia de síntomas irrecusables, y tú asientes. Me ha encantado que hable del cómic The Walking Dead, de su serie homónima, de True Blood, de American Horror Story (no por la calidad narrativa de ambas, sino por ser abanderadas de su tiempo), de Noam Chomsky, de millones de referencias compartidas, del hecho de intentar sobrevivir en un mundo de zombis, de chupasangres, de fantasmas… sencilla analogía en tiempos de grandes crisis. ¿Queremos ver series acerca de asistencia sanitaria o de policías que resuelven crímenes con los tiempos que corren? Ciertamente, los gustos están cambiando, y no es pura coincidencia. Lo dicho, vagamos en tránsito, pero no sabemos a dónde. Y el señor Verdú tampoco lo sabe, por mucho que se empeñe en convencernos (capítulos finales, su talón de Aquiles) de que nosotros mismos arreglaremos el sistema, transitaremos a lugares mejores. No sé yo. Él insiste en que los malos no existen, solo el sistema y su hipertrofia. Yo no puedo estar de acuerdo. Hay mucho vampiro por ahí que no piensa permitir que el mundo sea un lugar mejor donde pasar las vacaciones.


Qué más podemos decir. MJ me ha regalado la Utopía de Tomás Moro. Puestos a elucubrar mundos mejores, es preferible acudir a los clásicos; son más creíbles. Dentro de unos días comenzaré a leérmelo. Por ahora, Semana Santa entrante, y siempre y cuando la suerte me acompañe, yo viajo  en un monstruoso Air Bus a las Islas Canarias acompañado de mi amada hermana, de la verborrea martilleante de su marido y de una cabezona borrasca que echará –una vez más– mis planes por tierra.


PD: Para seguir mis aventuras en las islas, véase la entrada de mi nuevo blog,  http://autophagy.wordpress.com

sábado, 28 de enero de 2012

España (1)


Puedo estar equivocado, pero pienso esto y no me voy a bajar de la burra: si realmente hubiera cinco millones y pico de parados, muchos de ellos ya no estarían cobrando el subsidio del desempleo, viéndose abocados a la delincuencia, la mendicación o la revolución. Y yo no veo tantos robos, ni tantos pedigüeños, ni a tanto indignado.

Lo que sí veo son los bares llenos hasta la bandera, las avenidas y plazas señeras de mi ciudad atestadas de compradores felizmente enfebrecidos, las noches pródigas en goliardos y algarabiados bebedores. La ciudad enseña sus fauces de músicos callejeros, negros con tapetes, vendedores de loterías, y apenas nadie les dice no con un gesto que pudiera ser meridianamente explícito, esto es, llevarse las manos a los bolsillos y volverlos del revés para mostrar un forro vaciado, expresivo y desconcertante… pero, nada, no hay manera de encontrar al Carpanta que me dé el gusto.

Lazarillo de Tormes, de Goya
Entonces, ¿qué está ocurriendo en esta España infamada? Un poco de historia –la de andar por casa solamente–, nos aclara la cuestión: durante siglos, muchos de ellos oscuros y famélicos, tanto el españolito de a pie, como el caballero valentón y matamoros, ha sobrevivido de su picaresca; y, por desgracia, esto se hereda, señores. Leemos las obras singulares de nuestra literatura patria y sabemos de lo que estamos hablando: el español siempre tendrá un botijo de vino peleón cerca del mentón, así que para qué pelear si ya lo dejamos en manos de la curda. ¿Comer? Bien, con un mendrugo y un trozo de queso hay para tirar, y luego lloraremos un poco, que son lágrimas no de cocodrilo, muy selvático para nosotros, sino de cepas y carajillo.

El problema de fondo no es el estado permanente de bigardía, sino el desasosiego indefinido que suplanta al español honrado, que haberlos haylos, y que hace de este espécimen un foráneo en su propio lar, de tan inusual que aparece a los oídos del político de turno, sordo para el grito del oprobiado, tísico en cuanto canta una faltriquera. Así que hay españoles que pagan religiosamente sus impuestos, que no son sino el mantenimiento (con todos sus errores y filibusterismos) de unos derechos comunes, acervos a escuelas y maestros, hospitales y médicos, cárceles y policías, etc., unos españoles, decía un servidor, que cotizan en la Seguridad Social y que le están pagando el subsidio a mucho cobarde, ladrón, sinvergüenza y bobalicón, y no solo eso, sino que, a más inri, con su parte del dinero honorablemente obtenida e igual de honorablemente entregada, mantienen al maestro que cuida de la prole de estos desahogados, al médico que los atiende cuando se sienten resfriados, al policía que vigila las calles o al barrendero, mismamente, que recoge las cacas de sus perros, depositadas en mitad de la vía por la misma clase de gentuza.

España es ese país partido sin estar partido. Esta aseveración vale para cualquier asunto que nos ataña, porque eso es España, una península sin Portugal pero con Portugal, una democracia con dos perros y un solo collar, una guerra civil donde muchos combatieron al albur no de un ideal, quizás sí de un rencor o simplemente de un empadronamiento, pero, ¿qué más daba? Desde que España es España nos hemos definido a través de esta simetría, europeos y africanos, moros y cristianos, pagadores y paganos. ¿No lo ven? Lo peor no es ver al otro lado del espejo al español que se ríe de nosotros, lo peor es no poder, o no querer, romper el cristal de una puñetera vez porque, quién sabe, a lo mejor nos damos en toda la jeta más de uno y de dos.

     

domingo, 8 de enero de 2012

Frío

Hacía frío. Yo llevaba guantes. Los guantes eran de lana. Guantes blancos con rayas quebradas negras, azules y rojas. Hacía frío. Un frío que espantaba la conversación y emanaba nubes de vaho de las bocas apretadas. Sí, nubes como yeguas asustadas que despertaran de un sueño reconfortante. Hacía frío, un frío ínsito a Granada, pero la calle no dejaba de tener gente que iba de compras y que salía de las cafeterías abarrotadas. Fiel a mi desprecio por la etiqueta, vestía mal para la ocasión, pero eso a ella no parecía importarle, o incluso pudiera resultarle un aliciente, eso de dar paseos con aquel piltrafa, el pequeño anacoreta, quién sabe lo que debió de pensar. Desde luego, no será un hombre el que lo adivine.

Paseamos por Gran Capitán y por el Hospital Real. Me regaló un libro. No un libro caro, sino una edición ligera, una promoción que aprovechaba el tirón de la moneda recién nacida, esto es, libros a un euro; leer no podía ser más barato. Me preguntaba cosas acerca de mi existencia undívaga, cuestiones de incuestionable banalidad, me hacía sentir el centro de atención y yo me dejaba llevar. Nunca me planteé la posibilidad de que me dejara hablar tanto por el simple hecho de que quería olvidarse de sus propias miserias. El caso es que yo hablaba cuanto podía, tampoco prodigaba la tertulia, que el frío picaba en la garganta y quemaba los labios resecos.

Ese libro del que he hablado. Ese libro se llamaba El perseguidor. De Julio Cortázar, cómo no. Aunque no le dije nada (faltaría más), le desprecié el obsequio porque le había costado solo un euro y porque yo no me lo había leído. Por lo tanto, desconocía el valor de la obra igual que desconocía tantas otras cosas.

Me gustaba sentir ese frío lacerante, me hacía sentir la soledad del ser humano, me gustaba imaginar el solitario monólogo de los viejos que pasaban a nuestro alrededor con mirada encanillada, imaginaba también los soliloquios de los amantes que llevaban del brazo a su amada, ese extraño devanar de la incredulidad, el hecho mismo de llevar guantes y de no tocarla, no tener que sentir su tacto, poder darle la mano sin compromiso alguno.

Meses más tarde quedamos para tomar un café. Quedamos en muchas otras ocasiones antes de aquel café, sí, pero eso no viene al caso. No viene al caso porque con frecuencia me la encontraba en algún sitio, a cualquier hora del día o de la noche. Solía quedarse conmigo y me preguntaba cosas. Cuando no estaba borracha, que era harina de otro costal. Pero,  como ya he señalado, hablar ahora de aquello no viene a cuento. 

Volvamos al café. Quedamos y la conversación derivó hacia los libros que me había leído últimamente. Le conté mi súbita admiración por Cortázar, su dislocada soltura, la tura de su fuego. Cortázar es un escritor de universitarios bohemios. Tal es su pasión misma por la literatura. Me había venido como anillo al dedo en aquel tiempo de mullido descarrilamiento que era la juventud.

Me había agenciado entonces uno de los tomos de sus Obras Completas. No el de las novelas, sino el de los cuentos. Le revelé cuál era mi cuento favorito. Una historia inspirada en Charlie Parker, no me acordaba del título. Ella me lo recordó inmediatamente, y me recordó también, intentando no darle importancia, que ese era el mismo cuento que me había regalado meses atrás. El perseguidor. Tenía una dedicatoria en el interior. Luego lo he releído con devoción. La dedicatoria, también.

¿Qué más contar? Me sentí obligado a pagarle el café y lo que hiciera falta. Solo pagué el café porque tenía que marcharse pronto. Meses más tarde me invitó a su fiesta de despedida. Se iba al extranjero. Me dijo que no dejara de escribirle a su correo electrónico. Se emborrachó. En eso no me meto. Hacía frío nuevamente. No tanto como en aquellos paseos que hicimos casi un año antes, pero el suficiente. Yo vestía mal para la ocasión y no llevaba guantes, ni bufanda, ni chaqueta. Eran noches de septiembre que refrescan y que a veces te pillan de sorpresa helándote los brazos, el cuello, los tobillos. Me acompañó a mi casa y yo pensaba en su soledad y en la mía.

Joaquin López Cruces. "La Granada de Papel" nº 0 (1984)



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