sábado, 21 de octubre de 2017

Bisclaveret. Un cuento del Medievo (y III)

Finalizo aquí un cuento en tres partes. Esta última la escribí hace ya cuatro años, pero tenía el Blog abandonado por razones personales. Ahora quiero volver. Solo quisiera pediros que os leáis por orden el cuento, esto es, la primera parte primero y esas cosas... Aunque quién sabe si una lectura dislocada pudiera darle a esta historia un color nuevo...



         ( Bisssss…)
          El lobo, en la noche íngrima del bosque, ausculta hambriento con su belfo ennegrecido, escarcea el olor de la presa, llora la caza que se derrama como linfa, agua de una carne roja cuya presencia le es esquiva.
          El lobo, solitario en su boca de robles y de zarzamoras, hurga el ulular del búho invisible, el gruñido bascoso del jabalí, el plañido de urracas, grajos y cornejas.
          (Bisssss…)
          El lobo tiene hambre siempre.

          Pasan tantas noches y el lobo pasa tanta hambre que ya no sabe el camino de vuelta, ni el nombre del hombre, ni la manera en que fue traicionado.
          Una cierta hora, de noche tal vez, el lobo ha conseguido comer. Probó la carne de un cordero extraviado. Y, ahora, el lobo que tiene hambre busca la grey apetitosa, columbra la landa y se atreve a salir del bosque. Es de noche, la luna hiende la tierra y muestra la vereda, casi parece señalar al rebaño que duerme entre balidos, suenan malos augurios en el viento. El lobo huele la lana mórbida, su perfume de sangre arrebujada, y babea con sus colmillos terribles.

          Más noches han de sucederse. El lobo es ahora un depredador insaciable, el devorador de ovejas, carneros, vacas y terneros. Su fama se extiende por las granjas de los hombres, por sus aldeas, por sus castillos.

          (Bissss, Bissss…)

          Ahora que ya come cuanto se le antoja, ¿acaso ha dejado el lobo de tener hambre?
          De noche, en el invierno que cubre de fría nieve la tierra y las copas de los árboles, el lobo tiene hambre siempre.

          ( ¡Bisclaveret! )
         
          ¡Un rugido indefinible surca ahora el ramaje del bosque insondable! ¡Ladridos de innumerables perros confunden los animales salvajes! Huele a un hedor inconfundible; ¡los hombres corren por su presa! ¡Quieren cazar al lobo!

          Él desea que lo cacen, que den con él y lo maten. Sería así, el hambre, al fin satisfecha. Pero el lobo corre, se oculta hábilmente, engaña con inteligencia imposible al hombre que lo persigue inicuo. En las celadas que urden, el lobo encela al celador, ¡no es un lobo corriente!, comienza a correr el rumor de boca en boca. Los cazadores de las aldeas le cogen miedo. El lobo sabe, el lobo sabe que matará al primer hombre  que intente prenderlo.
          ¿Cuántas noches transcurren en este delirio? ¿No se cansarán nunca los hombres de acechar sus pasos? ¿No tienen hambre tal y como el lobo la sufre y la tiene?
          ¡Oh! ¡Qué hambre más funesta!
          ¡Dios quiera que ningún hombre se ponga por delante! Porque el lobo lo devorará como ya hizo con carneros, con toros y con otras bestias.
         
          El lobo está cansado. Desconoce cuántas noches le han dado cerco, pero sí comprende que su fin está próximo.
          ¡Mas morirá comiendo! ¡El lobo siempre come, porque el lobo nunca deja de tener hambre!

          Al fin, el momento del enfrentamiento llega. Cinco dogos de prestancia y fuerza sin igual se le echan encima, lo rodean, lo abaten… con su último aliento, el lobo se rebela y restalla los dientes, muerde por doquier, hinca los colmillos hasta lancinar tendones y robustos torsos. En horrísonos gemidos, la jauría destripada agoniza en derredor.

          El lobo, empapado en sangre, mira fijamente al jinete que se acerca. Su montura porta jaez de plata y los colores de su manta le traen algo a la memoria descompuesta… Sin saber por qué, aun temiendo por su fin, se acerca humilde al caballero, mira con inteligencia al rostro de un rey, y se postra humilde ante la cabalgadura… El rey baja del caballo, dispuesto a rematar al monstruo, y, sin embargo, en un último momento, se detiene sin conocer la razón… el lobo gime como un perrillo avergonzado, aproxima su hocico a la mano armada del monarca, y lame su guantelete.

          ¡Bisclaveret!

          ¿Qué sueños son estos que afean los años de merecida serenidad? ¿No podrá jamás librarse de la figura del marido maldito? ¡Cómo anhela la dama no dormir ya nunca más, no soñar, no tener que recordar como traicionó a su justo esposo, el más fiel entre los fieles súbditos del rey más poderoso en estas islas!
          Pero la dama sueña noche sí y noche también con el lobo. Sueña que aparece allí mismo, en su alcoba, encaramado al tálamo nupcial… y le devora la cara.
          Su nuevo esposo, el caballero traidor, bueno… ¡es un idiota! Ella quiere advertirle, pero él no la escucha, no, no desea escuchar sus cuitas, tan solo busca escapar del castillo con sus secuaces para irse de caza, celebrar fiestas, organizar campeonatos donde nobles guerreros se baten en duelo.
          Anda ahora el muy imbécil empecinado (¡como un niño bobalicón!) en invitar al rey a su quinto aniversario de boda. ¡Como si se pudiera estar orgulloso de tamaña felonía! ¿Dónde están los hijos que rubriquen tan fatídica alianza? La dama teme que la maldición haya manchado su honra, y que esté yerma a causa de ésta. ¿Y qué hace mientras tanto su esposo? ¿Acaso le alarma la falta de descendencia? No, anda despreocupadamente de una punta a la otra de sus dominios en pos del orfebre, del juglar, de los pajes y de los caballistas, ¡como un vulgar mercader! Todo para ganarse el favor de un rey a quien la pompa le es reluctante. ¿Con quién se ha casado?, ¿con un insensato? La dama teme que la confianza en él depositada la conduzca al cadalso.
          En el día señalado, el rey visita el castillo del otrora amado propietario. Con descarada intención de medro y de progreso infame, el amo ilegítimo de estos lares lo recibe con guirnaldas en todos los pórticos, pétalos que se arrojan y enseñas que se cuelgan de las ventanas, vítores y aclamaciones desde las balconadas… El caballero usurpador se prosterna ante el monarca como un zafio villano, y la dama guarda como puede las apariencias. La cena de bienvenida se celebra en la torre del homenaje. Hay trufas de Italia, frutas exóticas que saben como el agua de las flores, licores del continente que azuzan los paladares; hay jabalíes, ciervos y pavos rellenos de pasas procedentes de Siria.
          Cuanto sirven en la mesa, el caballero locuaz lo va describiendo con ínfulas impostadas, como si un monarca de tanta valía no hubiera visto en su vida cosa parecida. La dama no sabe a dónde mirar, se indigna, el agravio real es ya cosa hecha.

          Esa noche, acostados los traidores en su lecho, suena el aullido fatídico de los lobos. Un presentimiento inefable ceba la alcoba. Por la mañana está previsto el comienzo de la cacería real. La dama siente un hormigueo que le recorre la cara, despierta al caballero que duerme feliz, le ruega con la voz desfigurada que no salga del castillo.
          ¿Estáis loca? ¿Queréis pues nuestra ruina? ¡El rey come de mi mano! Mañana se hará mi voluntad, no se hable más, ¡harto me tenéis con vuestras zozobras de vieja!
          No se hable más, todo está ya decidido. La dama se acurruca en la cama y sueña con cosas monstruosas.
         
          Al amanecer, los criados preparan al marido para la jornada de caza; ella sigue acostada, no quiere ni mirarlo; hasta pasado el mediodía no se levantará, y no querrá probar bocado por mucho que insista su camarera, la más fiel entre sus damas, la que quizás todo lo sepa.
          Pasa el día de forma inquietante, como un mural pintado de negro, y el caballero no aparece, ni el rey, ni noticia alguna de la funesta cacería.
          Siento como si hormigas recorrieran mi rostro, le cuenta la dama a su más fiel sirvienta.
          Dormid, mi señora. Nada ha de sucederos. Yo misma velaré vuestros sueños.
         
          A media noche, entre aullidos de lobos y una luz de luna amarillenta, el lienzo de la cama se agita, prende en sueños el cuerpo desnudo de la dama, se arrebuja contra su garganta… Angustiada, la dama despierta de súbito. Por un momento, cree estar ya muerta; mira en derredor: la noche es clara y macilenta, incluso digamos que siniestra. Tal vez la fiebre recorra su cuerpo aterido y sudoriento, no sabe bien. A través del lienzo opaco que se agita, vuelve a mirar por todo el recinto sobrecogido: ¿dónde está su camarera? La llama, mas nadie responde.
          Está sola.
          Está sola.
          Un raspeo empieza a oírse no se sabe bien de dónde. Es… el sonido de garras animales que arañan… la puerta de la habitación, sí, el sonido es ahora perfectamente reconocible. Gime un perro al otro lado de la puerta. La dama siente que el corazón se le ha de salir del pecho.
          No puede sino comprender claramente que está perdida.
          Y entonces habla.
         
          Fuimos tres hermanos en mi familia. Dos varones y una niña. Mis hermanos fueron enseñados en el arte de la guerra y de la poesía (la cual, cuando infantes detestaban), a mí me enseñaron a coser y a amar a mis padres. Dios Padre nos ha puesto a todos en su sitio correspondiente. Mas, yo, enfadada con esa infausta disposición, despertaba por las noches y leía, aprendía lo que es el amor de un caballero, y lo que es luchar por el mismo Dios contra el pagano. Lo que es la justicia, el honor y lo que significa la deshonra de ser una hembra.
          Entendí que no estaba preparada para mí ninguna hazaña venidera, solo consolar a mis padres cuando ancianos, y honrar a mi futuro esposo. No digo, no, no puedo decir, que no fuera amada por mis progenitores, todo lo contrario, fui querida y todo lo posible se me dio, besos y caricias paternales nunca me faltaron, no he de quejarme contra natura.
          Sin embargo, en mis pocos años de soltería, sabiendo bien a las claras para qué se me preparaba, tal vez también aguijoneada con el acíbar de mieles tan tempranas, no podía soportar la idea de crecer, de dejar aquella casa fiel, de perder lo único que era mío.
          Mas el momento de partir llegó ineluctable, y yo fui descasada, para honra de mi linaje. Vos, señor y esposo mío, fuisteis mi dueño. ¿Cómo explicar cuán doloroso fue todo aquello para mí? Oh, mi amado esposo, vuestro amor y vuestro gesto, vuestras manos poderosas, vuestra barba y vuestro torso, me eran dolorosos y anhelados cada noche.
          Y aquello era, para mí, peor que ser presa de salvajes o de daneses, peor que caer en manos de infieles sedientos de carne, peor que ser repudiada de los míos, de mis padres y de mis hermanos, porque yo nunca podré ser como ellos, y me gustaba lo que era. Esto es (¡cuánto me duele aún reconocerlo!), vuestra mujer, anhelante con cada marcha, servil y postrada ante vuestro semblante… Un frío témpano en mi interior quemaba mi alma y no me permitía aceptar los designios de Dios Nuestro Señor.
          Descubrí entonces vuestro secreto, reconozco que fue una liberación. ¿No lo comprendéis? ¡Estáis maldito! Dios no puede estar de acuerdo con vuestra desviación. Sois obra del Otro. ¿Lo entendéis ahora? Yo no estaba condenada a esta vida de amor subyugador. Había un resquicio, una salvación para tanto dolor.
          Así que lo hice. Os traicioné, con el beneplácito de Nuestro Señor. Si me equivoqué, si erré por soberbia, si acaso yo no era quién para decidir tales juicios, ¿por qué puso Dios mismo aquellos libros en mis manos? ¿Fue el conocimiento de estos, el fruto del árbol del pecado? ¿Pequé yo misma por no comprender cuál era mi lugar?
          Quede todo en mano de Dios entonces, yo misma abriré esta puerta. Y vos quedaréis en disposición de hacer conmigo cuanto creáis justo y necesario. Pues si Dios puso el conocimiento cerca de los ojos de esta mujer, también os habrá puesto a vos detrás de esta puerta. Decidme entonces: ¿cuándo obró bien, y cuándo mal? ¿Es, acaso, posible en Dios tal desencuentro?
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          Yo, Lady ···, camarera primera de Lady ···, confieso, ante Dios Nuestro Señor y ante Nuestro Rey, ejecutor del designio del Padre sobre estas benditas tierras, que cuanto digo en estas cartas es cierto, y que yo lo vi, y por tanto es verdad. Que yo, Lady ···, hija de Milord ··· y de Lady ···, de sangre noble, mas por deudas adquiridas por mi padre, deudas más de honor que de otras naturalezas, camarera de primer rango de Lady ···, fui obediente y obré conforme a cuanto se le ha de exigir a una dama de compañía leal, y hube de guardar aquellas prendas, en un lugar escondido, se me dijo, y luego hube de guardar silencio bajo solemne promesa. He de decir también que fui prometida a Sir ···, caballero de esta corte, segundo de Lord Bisclaveret, y que tal alianza no se hubo de llevar a cabo, mas que casó en segundas nupcias con mi señora, Lady ···, casáronse pues ambos en pecado mortal, pues yo sabía que ambos pecaban, al estar mi verdadero señor vivo, perdido, sí, pero vivo en lo más profundo del bosque, mi Lord Bisclaveret, verdadero y único esposo de mi señora, Lady ···. Y, siendo yo en semejante alcurnia a ella, estando en posesión de la verdad de cuanto habré visto, presentáronse en este castillo donde yo servía mi Rey y sus nobles caballeros, y con él un lobo que le era fiel como ningún otro animal podrá serlo, y siendo yo conocedora de esta verdad, aún por fidelidad solemne para con mi dama, yo no dijera nada, y guardara silencio, y ocultara todo lo ocurrido, mas antes de comenzar la cacería, quiso Dios poner a aquel lobo frente al caballero que usurpara su legítimo puesto y condominio en estos lares, y así fue que el lobo, nobilísimo y manso en otras ocasiones, lo atacó y lo dejó malherido, y fuera el mismo Rey a matarlo de su propia mano, mas yo intercediera por el animal, y no me quedara más remedio que revelar toda la verdad.
          Accedí entonces a guardar otra vez silencio, a no contarle nada a mi señora, a dejarla sola por la noche, para que mi señor Bisclaveret obrara contra ella de acuerdo a justicia, y así que fue, para que posteriormente le fueran depositadas sus ropas en aquella alcoba mancillada, y él pudiera volver finalmente a su natural forma. Y así nuestro señor, noble entre los nobles, amante de su rey, pudo servir nuevamente a Éste con todos sus poderes recobrados.
          Quede por decir, y hete aquí la verdadera naturaleza de estas cartas, que yo subscribo a fe de mi señor Bisclaveret, que nunca Lady ··· perdió como atroz castigo a sus faltas su nariz ni otras partes de su cuerpo, sino que fue arrojada de estos dominios y vuelta con sus padres, para deshonra de su linaje, y que dicen que tuvo hijos con el caballero traidor, mas no mi señor Bisclaveret, quien nunca renegó de su natural esposa, y quedó sin descendencia.
          Y es cierto que los hijos de los traidores nacieron sanos. Mas con la marca del infortunio.