domingo, 31 de julio de 2011

En torno a Ian Curtis (2)


1. Epistemología de la supervivencia.

Así que llegamos a edades de incómoda templanza. Son épocas añadas en la rendición y la supervivencia, no consisten en nada, excepto en dejar pasar los días y las horas. Tú lo sabías y optaste por otra cosa. Nosotros, mientras tanto, desde aquí vemos las oportunidades como una bagatela ya gastada; entonces, por qué no malgastar otra mano de la baraja. Así que aquí estamos y ni siquiera lo solicitamos. Tampoco pedimos lo contrario, por si acaso…

Qué demontre, lo justo es reconocerte cierto mérito; te admiramos, oh amigo secreto, nuestro más oscuro comandante, nuestro más dulce guerrero. Querías irte solo, sin la algarabía que embotaba tus oídos; solo tambores lejanos propios de guerras perdidas y el caso es que tenías razón, llegamos a la cuarentena y el miedo es ya un firme acompañante. Se ha hecho tan habitual que ya ni nos percatamos de su presencia.

Vivir con miedo es ya una exigencia. Nos ha deformado la existencia y los rostros son ya el espejo del alma: rictus modelados a base de miradas resabiadas y muecas de cinismo en la comisura de los labios. Lo que una vez fue hermoso ya solo es un mamotreto, esto es, la caricatura desbastada de hombres que no lo consiguieron. Pero tú no quisiste verte así. Me pregunto cómo alguien tiene el valor de hacerlo, cuánto dolor y escarnio vaga en tales recuerdos. Claro, claro, hay otros métodos para no conseguirlo.



2. Metodología para no conseguirlo.

Pendes entonces de un taburete y las patas ya te bailotean. Volvemos a engañarnos si creemos que no estamos nosotros igual. Que quede bien claro, la inestabilidad, la fina línea que apenas pisamos con firmeza, es parte activa de una impasible inercia. Pienso en imágenes vagas y figuras de referencia, tú mismo de joven con la palabra ODIO escrita en la espalda de una gabardina vieja, una madre (tal vez la tuya) con gesto de incertidumbre; pasan los años y todos confesamos lo mismo: no lo logramos, ¿verdad?

¿Qué importa el modo? Pero importa tanto, tanto importa que escribimos sobre ello, hacemos tesis sobre el asunto y leemos o escuchamos músicas que nos traen a vueltas el método. Metodología para no conseguirlo. No nos engañemos, al menos en esto, la forma es tan importante como el contenido o más. Porque muchas veces el recipiente está vacío, así que elegimos fracasar en la apatía más acomodaticia, lo importante es fracasar; dicen que solo a través del fracaso se alcanza la victoria.

Los verdaderos sabios, moribundos inveterados, comprenden que eso es mentira. Miramos al horizonte con la certeza de que nunca alcanzaremos su orilla. Conozco a gente que se para a descansar un rato, y a algunos que deciden finar tales pasos con fuego, mirando al infinito que en nuestro caso no deja jamás de ser finito, límite de tierra o de mar. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Siguiendo con el topoi, el río de Ian Curtis –tu río, amado general– contuvo en su corto cauce tamaño caudal (qué grosera metáfora, lo reconozco) que ninguno de nosotros, futuros compañeros, puede evitar un reconocimiento infatuado, tal vez exagerado, a tu figura.

¿Lo ves? Tú también has cruzado la línea, no supone la muerte exención para el cambio, lo mutable no merma su poder si quedamos testigos de tanta inestabilidad, has pasado de ese joven guerrero lleno de energía a esa figura de referencia para tantas generaciones, una nueva madre para espíritus desorientados, alma máter de jóvenes moribundos. Es el privilegio de los que aún quedamos, el de atestiguar la derrota. Por tanto, es solo forma de qué manera queremos perder, cómo reconocer una rendición, caminar hasta caer o detenerse en mitad de este desierto y volarse la cabeza, ahorcarse en la cocina o quemarse con gasolina. 

Me entusiasman los entusiastas de la existencia. Capacitados para la insistencia taciturna y contumaz. En definitiva, administradores de su propia desesperanza. Es cuestión de enamorarse (caer en el amor, dicen los ingleses como tú) y de pensar en los hijos. ¿Se supone que así nos salvamos? Admitiré como incuestionable un hecho. Mejor dormir acompañado. Pero al final es lo mismo, admitir o no una derrota de antemano, decir en un puñado de versos todos los secretos del universo. Y no saber nada. Y no deberle nada a nadie.

Cada día y cada atardecer con temor
 él la reclama a voz en grito,
vigilado cuidadosamente por un buen motivo,
denodado por su dedicación y su amor.
Obsesionado por la propia supervivencia,
a diferencia de otros que se cuidan de sí mismos.
Hablamos de una ceguera que roza la perfección
pero que duele como ninguna otra cosa parecida.

Aislamiento.

Madre, lo intenté, por favor, créeme,
lo hago lo mejor que puedo.
Me avergüenzo de las cosas por las que he pasado,
me avergüenzo de la persona que soy

Aislamiento.

Pero ojala pudieras contemplar la belleza
de las cosas que nunca seré capaz de describirte,
los placeres ocultos en las distracciones más inciertas,
mi única e insólita recompensa

Aislamiento..

-Ian Curtis, Isolation

martes, 19 de abril de 2011

En torno a Ian Curtis (1)


Me miras al rostro y preguntas: ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué esa cara? Y siempre la respuesta es la misma: No me ha pasado nada. ¿Qué habría de pasarme? Te sueles quedar con el gesto típico de los descreídos o de las descreídas, porque no hay quien se lo crea, y uno suelta las respuestas con alambicada auto-indulgencia, copa en mano, los labios mojados, una vidriosa baba de alcohol manchando el mentón desaliñado. Son noches que nos vemos los amigos, momentos lúcidos que se embadurnan de muelles reprobaciones y de discusiones carentes de sentido.
Me mira al rostro y yo tendría que decirle: Éste es el rostro de un guerrero sometido. Iugurtha o Vercingetorix, Álvaro de Luna, Juan Peiró, Erwin Rommel, Charles Manson o infinidad de nombres desconocidos, todos ellos reyes, cazadores, y malogrados asesinos, hombres que enloquecieron con la caza y con el próvido adversario, ciegos que sometieron minúsculos reinos de inoportuno nombre, sordos que inspiraron romances ya desmoronados, o mudos que soñaron con linajes inmortales, a fin de cuentas, hombres todos tumbados al raso en la más perfecta noche de luna llena. Entonces, pese a mostrarnos en tantas ocasiones –con el poso mudado que deja la historia– a mitos más que a personas, desconocidos o no, qué decir sino que también ellos fueron sólo hombres, y también en su interior aguardaban su turno el más recalcitrante de los escepticismos, la peor de las destemplanzas, los vagos presentimientos del infinito, colmados todos sus anhelos de la ausencia de la palabra. Me mira al rostro y no me reconoce. Porque, más que acordarse de esta imagen que tiene delante (este retrato de un hombre inconstante), prefiere pensar en aquella otra imagen fulgente y salvaje, el amigo que fue en otras horas más desbocadas, quizás más inconscientes, cuando las cosas no acababan de pasar, el amigo joven e inexperto que le arrancaba la sonrisa con sus impertinencias, sus actuaciones de feria, las ambiciones y las ínfulas.
No ve al guerrero sometido porque nunca vio al guerrero, nunca pudo presenciar la sombra siquiera del hombre luchando, sólo lo pudo ver esperando el momento de la batalla, bromeando sobre las fuliginosas hojas de las espadas, trazando planes de conquista futuros. ¿Acaso no es eso lo que hace un general? Mantener a la tropa con la moral alta mientras los crudos días del invierno y del hambre pasan. Pero por muy hábil que sea un mandamás, si no hay  batalla, sin saqueos ni medallas, tarde o temprano la tropa se disgrega. Los soldados cuelgan las armas y se casan, tienen hijos. Planifican vidas y esperanzas.
Qué cosa más triste un general sin batalla.

Le miraba a los ojos y nunca vio al guerrero. Él se desesperaba porque las cosas no son como deberían de ser. Y tener la palabra es aún peor, duele aún más si alzas la voz. Una madre nunca quiere un soldado, cualquier cosa menos un soldado; una madre sólo quiere que su hijo sea más feliz de lo que ella fue (siempre lo pensará en un pasado indefinido, como si fuese algo que  tuvo sin saberlo siquiera), que tenga hijos, una buena mujer, una bonita casa. ¿Qué clase de madre desearía para su hijo otra cosa?

            Madre, lo intenté, te lo ruego, créeme.
Lo hago lo mejor que puedo.
Me avergüenzo de las cosas por las que he pasado.
Me avergüenzo de la persona en que me he convertido.
                                                           –Ian Curtis, Aislamiento

Mea culpa

Mea culpa. Siguiendo las sabias instrucciones, tildémoslas de admoniciones, del señor Chuck, me compro una casa. Dos plantas para amueblar y para hacer cuentas el resto de una vida. Me dice la chica inmensa del BBVA que puedo pagarla a 35 años, lo cual se traduce en sarcasmo mal encauzado y una mueca de incredulidad. ¿Yo viviendo tal cantidad de años? El caso es que firmo y admito mi desfachatez. Doblo la testuz y, derrengado por la liviandad de las circunstancias, paso mes y pico visitando a los que me van a poner el gas, los que me darán la luz, quienes harán que pueda beber agua y quienes permitirán que mi estómago sea saciado. Gratias maximas, Prometeos encadenados, por tenerme dando tumbos de un sitio a otro durante más de un mes.

Una vez pertrechado y amueblado, el piso es un aguazal de estanques hibernizos. Estoy en el fondo de una piscina y solo veo paredes blancas, estanterías de colores, acuático de bolsillo y un televisor samsung de 40 pulgadas que me han colgado de la pared mediante un ingenio de palancas digno de las legiones que asediaron Masada. Lo veo incrustado en el tabique y me imagino a mi vecino con el cráneo taladrado mientras dormía. Por si acaso, me aconsejan que no lo mueva mucho. Todo mientras me acomodo en un sofá gigantesco de piel flor, por supuesto, tintado de negro.

Y llega la hora de ponerse Internet. Barajo unas cuantas posibilidades y me decanto por Telefónica (ahora dicen Movistar, ¿no?): me piden mi número de cuenta bancaria y me aseguran que en una semana está todo hecho. Espero obedientemente una llamada. Una semana después me despierta un señor muy amable con mono azul. Me hace bajar a los contadores, mira de arriba a abajo y llama por un teléfono móvil a la central. Me explica que no tenemos el cableado y que él no puede aún hacer nada. Me indica que, inmediatamente, vendrán los encargados de meter los cables y que, inmediatamente, él en persona volverá para poner el contador. Luego tendrá que aparecer -cómo no, inmediatamente- el tipo que me hará la instalación doméstica .

Todos ustedes suponen lo que pasó. Recibí dos facturas de la compañía en donde no se me cobraba nada, pero el caso es que eran facturas. No obstante, los señores del cableado no aparecían. Yo no tenía prisa, la verdad. Sigo sin tenerla, pero el primer damnificado por mi apatía post-parto inmobiliario ha sido este blog en el que yo había depositado cierta vaga ilusión. A los dos meses sin el cableado llamé al 1004 y pedí que se me diera de baja. Los que me conocen saben que detesto hablar por teléfono con desconocidos. Los que me conocen aún más profundamente saben que detesto hablar con desconocidos y punto. Fuera de un modo u otro, sigo sin Internet en mi casa. No tengo intención inmediata (esa palabra ya retumba en mis oídos) de ponerlo porque ese reniego es ahora mismo el único gesto de rebeldía imbécil que me queda. Así que el blog se está yendo a la mierda. Y la ilusión vaga y tonta como una chiquilla enamorada también se va a tomar por culo, que es lo que suele hacer cuando se encapricha de tíos duros, jambos cocainómanos hartos de comer coños que no dudarán en coger a esas tiernas adolescentes y provocarles algún desgarro anal. Eso es para mí ilusionarme con algo. Y de hecho, sufro de hemorroides.

Así que mea culpa, todo responsabilidad mía. Hacer un blog y prometer constancia a través del elogio a la inconstancia. Fantasear con cientos de entradas que encanillan mi vanidad intestina a lo largo de un conducto que solo lleva al retrete. Y, hablando de retretes, volvamos a la palabra axial: lo inmediato. Lo inmediato es tener coche, lo inmediato es tener casa y muebles, lo inmediato es salir por la noche, lo inmediato es… ya saben, he sido lo suficientemente grosero líneas atrás como para forzar más las cosas. La inmediatez de esta cultura me recuerda una cosa: cuando te quedas mirando el microondas mientras calientas un vaso de agua: son los cuatro minutos más largos del día.

Nos han enseñado a comportarnos ante las necesidades diarias con exigencia. Si tienes un apretón de vientre, vas inmediatamente al baño a descargarte. Si hay otra clase de apretones, siempre hay algo a mano. Si quieres un coche nuevo, no te preocupes, nosotros te hacemos la mejor oferta. Si quieres hablar con alguien, este móvil se llama ahora i-phone, y con él no solo podrás hablar, sino también acceder a la Red, etc. No conocemos el significado de la palabra sacrificio. El sacrificio se basa en la negación de lo inmediato, en dignificar tu existencia a través del dominio de las necesidades primarias, cuánto más de las secundarias. ¿Qué nos hace humanos sino este control de nosotros mismos y de nuestros instintos? Tengo a veces la impresión de que el mensaje que flota en el aire a día de hoy es el de no pienses, no actúes, no te sacrifiques. Alguien o algo (no pretendo ponerle cara a esta confabulación porque somos todos nosotros los que la nutrimos) nos prefiere animales. Somos como niños consentidos que han perdido (o aniquilado, si prefieren la retórica de Nietzsche) a sus padres y disponen de todo lo que quieren sin que nadie les ponga freno. Pero así no se crece ni se mejora, solo se deja pasar el tiempo como quien mira el microondas sin el vaso de agua que he mencionado antes. ¿Qué sentido tendría eso?

Mea culpa, entonces, si no he escrito antes, quizás lo quieran interpretar como un sacrificio que me ha permitido cerciorarme de una necesidad. Una necesidad que también ha de ser controlada para no revertir en una defecación más. Escribir es un acto anejo a la condición humana porque es el proceso más refinado de comunicación. No niego su carácter contingente, muy al contrario, por eso reclamo su control y proclamo su imperio. No ponerme Internet en mi nueva casa ha sido una bendición en el sentido de que me ha permitido recordar lo simples que son las cosas. También, que hay necesidades que no han de ser cubiertas de manera inmediata; entre ellas, la de la escritura. Exige disciplina y constancia si no quieres cagarla. Pero esa constancia no puede ser traducida en entradas de un blog insensatas o prolíficas. También a ustedes tengo que respetarlos. Por eso entono estas disculpas y ratifico lo dicho: no pienso olvidarme del blog como tampoco me he olvidado de escribir. Solo quería comprobar hasta qué punto lo necesito y hasta qué punto he de controlar tanta confusa ilusión que, desmañada por los instintos, solo me puede conducir al váter más hediondo.    

martes, 21 de diciembre de 2010

Sandman, de Neil Gaiman

Portada ilustrada por Dave McKean
JORNADA ÚNICA
La escena es un islote que flota en la nada.

PERSONAS:

CIUDADANO
PÚBLICO

Vemos un terruño arrancado de cuajo flotando a la deriva en el vacío gris e infinito. Sobre el piso del islote se mantiene en pie un individuo de peinado desmadejado y jersey de lana viejo y arruinado. El hombrecillo permanece mirando el centro de la isla, en donde se puede atisbar una mancha de ceniza negra. Se niega a dar la vuelta y le habla al Público sin mirarlo de frente. 

CIUDADANO. No me cabe duda de que Sandman es un cómic para niños…
PÚBLICO. ¡¿Cómo dice usted, Ciudadano?! ¿Desvaría otra vez?
CIUDADANO. Yo nunca dejo de desvariar, caballero. Pero me reafirmo:  Sandman es un cómic para niños.
PÚBLICO. A ver, a ver… ¿Estamos hablando del mismo cómic? ¿Ése que se está reeditando via Planeta-De Agostini en pomposos tomos negros con letras doradas? ¿Ése con lesbianas, transexuales, caras recortadas de cadáveres que se cuelgan de la pared y hablan, asesinos en serie salidos de las pesadillas más horripilantes, bebés conservados en formol que devoran a otros bebés, todo explícitamente gráfico, el mismo cómic, entonces?
CIUDADANO. El mismo que viste y calza. Sandman, de Neil Gaiman.
PÚBLICO. Pues no puede andar más equivocado, señor mío.
CIUDADANO. Caballero (o dama), sepa usted que yo no ando, no tengo tal costumbre. Paseo, eso sí. Por lo tanto, reconozco abiertamente que puedo pasear equivocado, no lo dudo. Pero que Sandman es para niños, eso es irrefutable.
PÚBLICO. Sandman es otra prueba fehaciente de que hace ya muchos, muchos años que el cómic, ese noveno arte, ya cumplió la mayoría de edad y no tiene nada que envidiarle a la literatura o incluso a la pintura (no hay más que ver las increíbles ilustraciones de Dave McKean para reconocer esta tesis). La escritura de Neil Gaiman goza ya de prestigio internacional e incluso tiene sus propias adaptaciones para el cine, véase Coraline; o sea, que no se puede negar que el cómic también vale para los adultos. Comprenderá usted entonces que lo que dice es una estupidez.
Sigyn, esposa de Loki, alivia el tormento de su marido.
Escena de Estación de Nieblas: capítulo 3

CIUDADANO. Sí, sí, eso está muy bien, pero yo no pretendo aquí (donde sea que sea “aquí”) y ahora (donde sea que sea “ahora”) sentar cátedra ni establecer panegírico alguno hacia ese noveno arte que usted menciona. No creo que lo necesite…
PÚBLICO. Por supuesto que no lo necesita. Que se jodan los estrechos de mente que aún hojean un “tebeo” (con todas las admirables implicaciones que tal término posee) y se creen que están por encima de esas “cosas de niños”… llegados a este punto, insisto: Sandman no puede ser considerado un tebeo para niños; afirmar tal disparate sería dar un paso atrás en defensa de este noble arte.
CIUDADANO. Disiento. Llegados a este punto, creo necesario traer a colación los motivos que han suscitado la creación de tan disparatada teoría y que demuestran por qué los cómics para niños tienen que leerlos los adultos.
PÚBLICO. A ver, a ver… me tiene usted en ascuas.
Promoción de la nueva edición de Planeta DeAgostini
CIUDADANO. Sandman nos habla de los sueños, de las imbricaciones que éstos acusan en relación a nuestra infancia y a nuestros deseos insatisfechos. No es casualidad que los hermanos del Eterno del Sueño sean Deseo, Delirio, Desesperación, Destrucción, Destino y Muerte. Todas estas entidades  representan facetas inacabadas del ser humano, y, por ende, de toda criatura auto-consciente. Cuando deseamos algo, ¿qué hacemos los hombres sino soñar? Cuando deliramos, ¿qué hacemos los hombres sino soñar? Cuando desesperamos, ¿no estamos soñando acaso? Cuando destruimos, ¿no es un sueño de creación lo que nos conduce a tales derroteros? ¿Y qué decir del destino? ¿Es sueño lo que nos aguarda el día de mañana o no? ¿Es sueño el recuerdo, el curso del tiempo, la existencia pretérita o acaso no lo es?... ¿es soñar el morir? ¿No llaman a la muerte, ciertamente, “el sueño eterno”?  ¡Lástima que el señor Gaiman no parezca conocer la obra de Calderón! ¡Cuánto gozo hubiera proporcionado un número de Sandman dedicado a La vida es sueño!
PÚBLICO. Bien, hasta ahora nada de lo que está diciendo suena a disparate; pero desconozco la relación de su discurso con la absurda teoría que nos ha conducido a este debate.
CIUDADANO. Ah, ¿no es obvio, querido amigo? Lo que quiero decir es que jamás, jamás antes un servidor había sentido el corazón de ese niño que guarda dentro tan vivo, tan inquieto, tan reconocible como leyendo este cómic. Jamás un cómic me ha dado tanto, porque me ha permitido soñar, soñar como sueñan los niños, sin conciencia de existir, pensando, eso sí, que los sueños existen. ¿No es eso la eternidad?
Póster promocional de Vertigo, editorial subsidiaria de DC Comics
PÚBLICO. Entiendo…
CIUDADANO. Reconozco que muchos libros me han proporcionado tales encuentros conmigo mismo; obras “imperecederas” (ya sabemos la embarazadora mentira que guarda tal valoración) que me han revivido al niño que hiberna en mi interior durante momentos de lectura desnuda y tierna como el baño de una madre en la niñez. Pero tener de nuevo en mis manos estos ejemplares y releer estas viñetas me ha proporcionado placeres a los que años antes, cuando aún era fingidamente salvaje, no podía acceder por pura compulsión o por simple ignorancia.
PÚBLICO. Sí, yo también…
CIUDADANO. ¿Usted también lo siente? ¿Nota que estaba él ahí? ¿El niño que juega a matar, a conquistar mundos, a ser amado por reyes y reinas? ¿El soñador o el que sueña con ser soñado? ¿Ve por qué opino que Sandman está destinado a un público infantil?
PÚBLICO. Hombre, ahora está cristalino. Usted lo que quiere decir es que…
Neil Gaiman
CIUDADANO. Que somos, gracias a lecturas como Sandman, adultos que se quedan dormidos imprudentemente y que, en ese momento de dulce descuido, son rebanados desde dentro como vainas o capullos sin valor para dejar salir a los niños que sueñan con la caza, el arrojo y el correr río abajo por entre piedras y caballos dorados que rugen y…
PÚBLICO. ¡Joder! ¡Tiene usted la insoportable manía de interrumpir a los demás y de no dejar de decir insensateces! ¡Con usted todo es absurdo y lamentable, sépalo de una vez! Si pudiera, ah, si pudiera, me hubiera largado de aquí hace ya años y no volvería a verlo y no tendría que aguantar sus desvaríos. Sería tan feliz entonces…
CIUDADANO. Siento haberle interrumpido, créame, pero asuma usted de una vez por todas que ES EL PÚBLICO y que aquí (y repito una vez más que no sé dónde es aquí) yo soy el que habla y usted es el que escucha. O debería ser así si no fuera por mi debilidad de carácter e inconstancia pertinaz. En realidad, usted no tiene voz, sólo ojos, u oídos, y yo no tengo rostro (o tengo infinitos).
PÚBLICO. Vaya, me deja de piedra. ¿Por qué ha tardado tanto tiempo en decírmelo?
CIUDADANO. ¿No le acabo de decir que soy un inconstante?
PÚBLICO. (Pensativo). Muy bien. Comprendo lo que me está contando. Y, ya que lo dice –y como llevamos tanto tiempo juntos–, quisiera preguntarle…
CIUDADANO. Ah, más preguntas, qué delicia no saber responderlas.
PÚBLICO. Bueno, como usted crea, pero, por dios bendito, ¿tiene alguna idea de cómo se sale de aquí?
CIUDADANO. No sabría qué responderle... ¿qué tal si cierra los ojos?

Se baja el telón. Detrás, la isla, que sigue flotando en la nada coloreada de un gris mate, se va alejando mientras su pasajero aguanta el tipo hasta representar ambos (piedra y ciudadano) un punto lejano en el imposible horizonte de cartón piedra. Sobre algún asiento de las primeras filas, una fina arena dorada brilla a la luz de las candilejas.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El club de la lucha, de Chuck Palahniuk

1. Compras muebles. Te dices a ti mismo: éste es el último sofá que necesitaré en toda mi vida. Compras el sofá y durante un par de años te sientes satisfecho de que, aunque no todo vaya bien, al menos has sabido solucionar el asunto del sofá. Luego, la vajilla adecuada. Luego, la cama perfecta. Las cortinas. La alfombra.
Finalmente, te quedas atrapado en tu precioso nido y los objetos que poseías ahora te poseen a ti.

Sabiduría. Vacío. Un millón de americanos machacándose a puñetazo limpio. Carne morada, dientes sueltos. El club de la lucha como novela-rasgón. La gente le pregunta a Palahniuk dónde ingresar en un club de la lucha. La gente compra productos con el lema El club de la lucha. Paradójicamente, El club de la lucha vende y se ha hecho una película de El club de la lucha y El club de la lucha alimenta un millón de bocas americanas atrapadas entre mullidos sofás y camas perfectas. Y la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.  
El club de la lucha es ya una novela de culto y una película de culto. Casi todo el mundo ha visto primero la película, lo que supone a la hora de leer la novela un hándicap insalvable llegados al desenlace de tan bizarra historieta, pero qué se le va a hacer. A cambio, nos encontramos por escrito perlas de la sabiduría occidental como la que arriba hemos reseñado. ¿Sabiduría occidental, dixit? Bueno, la máxima de Descartes se replantea y adquiere nuevas perspectivas en la apresurada prosa de Palahniuk. Un ciudadano de hoy en día no puede decir otra cosa sino lo que escribe este novelista cuando se pone a pensar en ciertos asuntos. Entonces, ¿qué es la sabiduría? Saber que no se sabe. Saber que debajo de esta piel afeitada, este cuerpo venerado, este traje de ejecutivo agresivo (no he podido evitar la figura, lo siento), debajo de una rutina laboral muchas veces insoportable, fiestas de guardar, relojes de D&G, en busca de la parejita y mira que dormitorio más mono para los críos, debajo de mascotas con nombres repelentes, arquitectura interior zen, préstamos hipotecarios y encimeras de silestone, debajo de tanta morralla seguimos siendo (única y perfectamente) primates que disponen de un refinado sistema de comunicación (en comparación con los otros sistemas orgánicos de comunicación que conocemos, claro está).
O sea, que El club de la lucha nos cuenta la sucia historia de T**** D*****, un fulano con graves problemas de insomnio que cura su patetismo asistiendo a grupos de apoyo de enfermos terminales, fingiendo él mismo estar muriéndose hasta que un día conoce a una chica con la misma fea costumbre que él. Chico conoce chica. Manuales sobre cómo fabricar napalm casero (o nitroglicerina), hacer jabón con grasa humana (no, no es tan horrible como suena…, bueno, sí, sí lo es), cómo crear en tu localidad un club de la lucha, sacudirte hasta saltarte los dientes o agujerearte la mejilla y darte cuenta de que da igual, sigues sin saberlo, quizás la ames, quizás no. Quizás existas, quizás no. ¿Quién lo piensa hoy en día?
Se pueden contar muchas más cosas acerca de El club de la lucha. La novela se compone realmente de cuentos independientes en los que Palahniuk desarrolla las más estrambóticas de las gamberradas o los más inocentes atentados terroristas. Anarquía por escrito, la única anarquía que ha tenido éxito. El caso es que Palahniuk deconstruye la fea realidad a través de estos episodios epatantes con tanto acierto que no podemos dejar de esbozar una sonrisa malévola de aprobación. Y el caso es también que, entre los restos de esta demolición, vamos a sentirnos identificados tantas veces que nos va a dar miedo. Porque la historia de este perdedor americano es justo la historia que a los hombres (quiero recalcar lo de “hombres” le pese a quien le pese) les gustaría vivir. T**** te dice lo que tú hubieras querido decir y reconoce lo que tú te niegas a reconocer.

2. Y no era yo el único esclavizado por el instinto de construirse un nido. Personas que conozco y que solían llevarse pornografía al baño, ahora se llevan el catálogo de muebles de IKEA.

Ironía. Vacío. Una lluvia de astillas y de piezas de Ikea chamuscadas. ¿En qué consiste vivir, existir? Pregunta mal enunciada, mejor decir: ¿en qué consiste ser humano? T**** D***** no lo sabe y enferma. Su rebelión interior es un síntoma del mal du siecle. Pero entonces conoce a Marla Singer y tiene que estar con ella y todo se precipita por el desagüe. Palahniuk se ríe de T**** D*****, se ríe del hombre moderno… o más bien se ríe de la modernidad del hombre porque Palahniuk es la modernidad del hombre. Su prosa es la modernidad del hombre, fruto pútrido de un tiempo que se va quedando sin tiempo, y Marla Singer es la modernidad del hombre. Una mujer arquetipo, rota, sucia, suicida, desaliñada, sexual. La puta modernidad. Catálogos de muebles y catálogos de muertes. ¿Podría ser eso El club de la lucha? La primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.
T**** D***** habla, opina, cuenta que ha hecho esto y lo otro, cosas interesantes, terrorismo urbano, atentados de mal gusto contra las élites, habla de sí mismo y se confiesa escoria humana. ¿Qué es ser humano? Para T**** es ser escoria humana. T**** D***** sabe cosas, sabe hacer bombas y sabe abrir cerraduras. La credibilidad de la obra queda en entredicho en infinitud de ocasiones, pero vence el carisma de T**** D*****. Vence la escoria humana. Nos ha ganado. Nos tiene de su lado. Formamos parte del club de la lucha y todos odiamos a Marla Singer porque queremos formar parte del bando de los perdedores y queremos soñar con derrocar a los bancos, defenestrar a los poderosos, destruir este mundo y cazar alces en los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center y encontrar almejas enterradas junto a los cuarenta y cinco grados de inclinación de la Aguja Espacial.
Vemos a los hombres de Palahniuk encerrados en jaulas, en ocasiones, animalizados (monos espaciales, llama a los seguidores de T****), en ocasiones, practicando el onanismo (solos o en compañía, da lo mismo), ejerciendo la vigilia, devorando la desesperación como lo hace la bestia enjaulada que enloquece dándole vueltas al cubículo del zoo de la lucha. No son felices, no pueden serlo, toda novela es la narrativa de la ausencia, por eso la literatura ha sobrevivido, porque nos habla de nosotros mismos, nos revela las ausencias. Luego, es sólo cuestión de pintarlas con el color que nos convenga. Unos ven a Dios manejando los hilos, otros lo ven distante y todopoderoso, un Dios al que no le importa la escoria humana; los demás, simplemente no lo ven.  

3. Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Pudiera ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir. […] Si pudieras ser el peor enemigo de Dios o nada, ¿qué elegirías?

Dios, vacío, paternidad. Para Palahniuk, Dios y el padre son figuras análogas. Él es homosexual y la relación que mantuvo con su progenitor fue típicamente americana (lo siento, chico, es la verdad). El padre y Dios comparten reproches y desavenencias, incluso comparten (desgraciadamente) martirio (y al que le pique la curiosidad por lo que acabo de decir, que indague en la biografía del escritor). Ambas figuras se hallan en el desencuentro, un cruce de caminos sin desembocadura, el punto candente de nuestra civilización sin Dios. Es mejor ser castigado que dejar de ser, visto de esa forma, el castigo es nuevamente una manera de demostrar amor. Mejor un Dios punitivo que un Dios indiferente. Mejor un padre punitivo que un padre indiferente. Una vuelta a la revolución. Dios existe y nos ignora. El padre dejará de ignorarnos si desafiamos su autoridad, si acabamos con él. En los mitos griegos (el semen de todos los principios), el hijo ha de acabar con el padre para ocupar su lugar en el trono. Y entonces habrá una lucha entre padre e hijo, aunque la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.
Curiosamente, las tropelías cada vez más peligrosas de T**** D***** y sus monos espaciales no son castigadas. Hay un conato de censura, pero es frenado a tiempo mediante otra tropelía. Por lo tanto, el Sistema en El club de la lucha también se muestra indiferente, probablemente porque Dios es el Sistema y el Padre y, por ende, es T**** D*****. Todos los acontecimientos de esta historia emanan de una lucha imposible contra el Sistema, puesto que, siendo el Sistema un Dios y un Padre, toda acción contra Él ha de ser llevada a cabo dentro de Él. ¿Será también una casualidad que nuestro narrador (recuerden: he dicho ‘narrador’, no ‘autor’) nos hable de todo lo que han hecho él y T**** D***** pero no actúe directamente? El encuadre se ajusta a las necesidades de la metaficción. El club de la lucha no deja de estar dentro del Sistema, y el Sistema no acabará con él porque le sirve. Todo está dentro del Sistema igual que todo es Dios. El Logo del que nos hablan intelectuales hodiernos como, por ejemplo, Naomi Klein es lKEA, la Capilla Sixtina del siglo XXI, Coca-Cola es la Mona Lisa del siglo XXI, la chispa de la vida, la luz, el Verbo. El Ciudadano es consumidor y consumido. Un Dios impasible ante la escoria humana, al que no le preocupa el tiempo que le dedican, cada vez más tiempo, horas y más horas para ver catálogos, buscar en Internet, visitar centros comerciales, trabajar a destajo. No hay entonces tiempo para pensar, para reaccionar, y, si reaccionas, la reacción formará parte del Sistema, como lo hace esta novela. Ya lo mencionamos al comienzo: El club de la lucha está en todos los sitios. El club de la lucha es, a día de hoy, otro logo, otra Mona Lisa que rinde pleitesía al Padre.
En El club de la lucha también el tiempo nos ha sido arrebatado, los acontecimientos no suceden, son contados. Al fin y al cabo, se habla de luchar, contra uno mismo y sus encasillamientos, contra otro hombre para volver a ser iguales, contra Dios, el Sistema y el Padre. Y de vencer.
Y sólo los perdedores hablan constantemente de la victoria.

4. Quiero que me dejes embarazada, Quiero tener un aborto tuyo.

Refugio. Vacío. Condones en el retrete. Marla Singer con los ojos de un dibujo manga. El club de la lucha es una historia de amor. Qué se le va a hacer. Esto es así. Al final de tanta cara machacada, tanta grasa derramada, tanta escoria humana reconocida y confesa, es otra historia de amor más. El protagonista se tira la novela entera hablando, hablando, hablando de anarquía, de T**** D*****, de la vida moderna, de mear en las sopas de los restaurantes y de matar a tu jefe. Pero, finalmente, no tiene más remedio que sacrificarse, y no lo hará para destruir el sistema, sino por amor a una mujer desquiciada y enferma tan parecida a él, que da miedo. ¿Será Marla Singer otra fantasía? Supongamos que el club de la lucha es una fantasía. (No he dormido desde hace tres días, a no ser que esté durmiendo ahora, ¡viva La vida es sueño!). Entonces, no existe el club de la lucha… pero la gente habla con Palahniuk del club de la lucha, pese a que la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.    
Marla Singer se quema los brazos con cigarrillos y habla continuamente de morir pero, llegado el momento de enfrentarse a la verdad, tiene miedo y busca consuelo en T****. Marla Singer vive de la beneficencia y viste ropa usada mal confeccionada pero hermosa. Le gustan las mascotas abandonadas que se te acercan en las jaulas de las perreras y sueña con animales reventados en las carreteras. Marla Singer finge estar muriéndose aunque todos en realidad estamos muriéndonos y tuvo un novio que usaba uno de esos aparatos para alargar el pene. Marla Singer es la causa del nacimiento de Tyler Durden y la causa de su muerte, también.

5. Hay un montón de cosas que deseamos ignorar sobre la gente que queremos.